Donde la historia respira: dos miradas sobre «El otro mundo»

Conversamos con Joaquín López Cruces y Enrique Bonet sobre memoria, proceso creativo y ese territorio difuso donde lo real y lo fantástico dejan de oponerse para empezar a dialogar.

Hay libros que se leen y libros que se atraviesan. El otro mundo pertenece a los segundos: una obra que no se limita a reconstruir un episodio de la historia, sino que lo interroga desde sus grietas, desde sus silencios y desde aquello que nunca llega a decirse del todo.

Lejos de cualquier vocación puramente divulgativa, el trabajo de Joaquín López Cruces y Enrique Bonet se despliega como un espacio de fricción entre mundos: el de la razón y el de la creencia, el de la ciudad y el de lo rural, el de lo visible y aquello que solo puede intuirse. En ese cruce, el cómic encuentra su verdadera potencia: no como herramienta explicativa, sino como forma de experiencia.

A lo largo de esta conversación, los autores reconstruyen el origen del proyecto, desvelan los mecanismos de su colaboración y reflexionan sobre una obra que, más que ofrecer respuestas, parece empeñada en sostener las preguntas.

La mesa como centro de operaciones: ejemplares, dedicatorias y el pulso constante de lectores que llegan a Librería Millenium para llevarse «El otro mundo» un poco más cerca.

EL ORIGEN DEL PROYECTO

— Echando la vista atrás, ¿cuál diríais que fue la primera chispa de El otro mundo? ¿Una imagen, una atmósfera, una intuición, una emoción concreta?

Enrique: Cada historia surge de un modo distinto, y no siempre es fácil determinar su origen, pero en esta ocasión sí puedo precisar cuál fue la chispa que despertó mi interés por este tema. Estaba buscando referencias para otra idea que me rondaba la cabeza (un relato ambientado en el mundo rural, con una maestra de por medio) cuando di en la red con una
breve secuencia de un documental sin sonido, en blanco y negro, en el que se veían unos señores enchaquetados, montados en mulos cargados de bártulos, atravesando montañas, pisando barro, moviéndose con dificultad entre la niebla y la lluvia por lugares que, evidentemente, les eran ajenos… Aquellas breves imágenes me fascinaron, y enseguida quise saber más: quiénes eran aquellos personajes, a dónde iban, a qué obedecía su viaje.
Pronto descubrí que se trataba de un extracto del documental sobre las Misiones Pedagógicas que había rodado, entre otros, José Val del Omar en 1932. Y en cuanto empecé a investigar un poco, descubrí un montón de material fotográfico fascinante, y un tema poco conocido por el gran público, que conectaba directamente con inquietudes personales y cuestiones que me interesaban mucho. Pero sí, puedo decir que esta historia surge directamente de las imágenes, de la atmósfera tan sugerente y evocadora que respiraba aquella primera secuencia de los misioneros, y de la potencia visual de muchas de las fotos de las Misiones que fui encontrando.

— ¿Cómo se produjo el primer movimiento entre vosotros: ¿apareció antes un universo visual desde el dibujo de Joaquín o una idea narrativa desde Enrique, o fue más bien un proceso simultáneo y poroso?

Joaquín: Yo tenía sobre todo ganas de dibujar y ponerme a prueba, tras muchos años en los que solo había dibujado esporádicamente alguna historia corta, de dos o tres páginas como mucho. Andaba entonces enfrascado en un proyecto propio, pero no conseguía hacerlo avanzar y, después de un par de años poco productivos, lo abandoné. Un día, en un bar —supongo que veníamos de alguna presentación en la librería Subterránea, porque estábamos allí varios dibujantes— recuerdo contarle a José Luis Munuera que había decidido abandonar mi proyecto y que me rendía. Fue entonces cuando me dijo: “¿Por qué no hablas con Enrique? Tiene una idea muy chula de la que puede salir algo muy interesante”. Así que me bastó con coger mi cerveza, girarme, y decir a Enrique: “Cuéntame, de qué va esa historia que tienes entre manos”. Porque, además, yo intuía que lo que me estaba fallando era el trabajo en solitario, que me apetecía mucho más hacer algo en equipo. A Enrique lo conozco desde hace muchos años y he seguido su trabajo con mucho interés, así que confiaba en lo que pudiera salir de su cabeza. Él, por su parte, se mostró dispuesto a poner en mis manos la parte gráfica, así que no me lo pensé dos veces. 

Enrique: Joaquín lo ha explicado muy bien… Los dos nos habíamos encasquillado en momentos parecidos: Joaquín no arrancaba con ese proyecto que quería dibujar, y yo no me arrancaba a dibujar una idea a la que llevaba tiempo dando vueltas. Yo venía de acabar La araña del olvido, un trabajo muy exigente, que me dejó bastante agotado, y creo que me daba miedo volver a enfrascarme en otra novela gráfica de corte histórico. Así que el plan de engañar a Joaquín me pareció perfecto: ¡él haría el trabajo duro, y yo solo tendría que escribir! Y además, estaba convencido de que lo haría mejor que yo. Joaquín es uno de mis dibujantes favoritos, y la posibilidad de trabajar con él me parecía una oferta que no podía rechazar, ja ja.

— ¿Qué sentíais que necesitabais contar con este proyecto que quizá no había encontrado su lugar en trabajos anteriores?

Joaquín: La idea de Enrique me gustó por lo que yo mismo podría aprender. Hay muchas lagunas —océanos diría yo— en el conocimiento de nuestro propio pasado, de la historia reciente de España, por motivos de sobra conocidos. Se nos ha ocultado mucho, y esta historia me ofrecía adentrarme en un terreno que conocía muy superficialmente. También suponía cierta continuidad con algunos de mis trabajos anteriores, como Sol poniente, que se centra en los avatares de una familia antes, durante y tras la guerra civil española, o mis ilustraciones para libros didácticos sobre Miguel Hernández, la Pasionaria o Marcos Ana. Pero, además, esto era otra cosa: había historia, magia y muchos mundos coexistiendo dentro de las páginas del libro.

Enrique: Yo sentía que detrás de esas imágenes, de esas fotos, había una historia interesante, y quería descubrirla y contarla. Es decir, nunca tuve la pretensión de “contar las Misiones Pedagógicas” en un cómic “histórico”; lo que me atrajo era contar el choque —o el encuentro— cultural entre dos mundos muy distintos: el de los “ilustrados” que llegaban de la ciudad, cargados de sueños e ilusiones de cambio, y el de un mundo rural muy poco contaminado, todavía, por el pensamiento moderno, racional y “civilizado”. Conforme fui avanzando en el proceso de documentación, fui encontrando temas que le fueron dando cuerpo y “grosor” al relato, y que además me conectaban directamente con el momento actual: la polarización política entre posturas aparentemente irreconciliables, el papel de la mujer, el papel de la cultura, la educación y el arte, “engullidos” en un ambiente de hostilidad y violencia…

LA COLABORACIÓN

La sensación al leer El otro mundo es la de un diálogo constante entre texto e imagen, más que de una jerarquía.

— Nos gustaría que nos hablarais de cómo se articula ese diálogo en vuestro proceso: si parte de intercambios continuos, de etapas diferenciadas o de un guion más o menos cerrado.

Joaquín: En absoluto había un guion cerrado: cuando nos pusimos en marcha el guion no estaba escrito aún, solo había un esbozo de argumento, aunque Enrique tenía ya muchas ideas y había leído mucho sobre las Misiones pedagógicas. Me pasó toda la documentación que estaba utilizando y leí bastante, ¡aunque reconozco que no todo! Yo tenía muchas ganas de lanzarme a dibujar, así que, para soltar la mano, empecé a copiar las muchas fotos que tenía a mi disposición. El principio fue bastante lento porque no tenía muy claro cómo enfocarlo y supongo que Enrique estaba prudentemente a la espera a ver por dónde salía yo; y tampoco terminó el guion definitivo hasta más adelante. Hice muchos bocetos en esta primera etapa: camiones, burros, vestimentas, personajes… También muchas pruebas de color hasta encontrar el tono adecuado. Enrique, mientras, iba avanzando en la escritura del guion, que me iba pasando poco a poco. A lo largo del desarrollo del cómic sí que hubo un intercambio continuo de ideas. A veces, al ver mis páginas se le ocurrían cambios de guion. Debatimos mucho sobre cómo enfocar cada escena y los dos aportamos mucho al trabajo del otro. Yo me metía en el guion, proponiendo cambios o recortes y él hacía lo mismo con mis dibujos, sugiriendo correcciones en las expresiones o las posturas de los personajes o en la planificación de las páginas. Nos gusta pensar que el resultado no es más de uno que del otro, sino que lo ha hecho un solo ser de dos cabezas y cuatro manos.

Enrique: Así es… Cuando empezamos a trabajar en serio, yo tenía una idea general de lo que iba a ocurrir en la historia, pero poco más. Pero intenté darle a Joaquín, desde el principio, un “mapa” general de todo el relato, para que supiera bien en qué terreno íbamos a movernos y qué tono general íbamos a usar. Preparé una sinopsis bastante detallada dividida en escenas y una especie de estructura o “planificación” general, dividida ya en los tres días o actos en los que se desarrolla la Misión, y en diversas escenas o secuencias, en las que iba detallando lo que ocurría, los personajes que aparecían y los espacios en que se desarrollaba cada una, y su duración aproximada en páginas. Pero claro, ese esqueleto inicial fue cambiando continuamente conforme avanzaba el trabajo de Joaquín: ha habido ideas de guion que han nacido directamente de sus dibujos y de la plasmación gráfica que le ha dado a algunos personajes. El guion ha seguido vivo incluso una vez acabado, hemos seguido cambiándolo y reescribiéndolo prácticamente hasta la última viñeta.

— Durante el camino, ¿qué es lo más inesperado que os habéis descubierto el uno al otro como creadores?

Enrique: Ya he dicho que Joaquín es uno de mis dibujantes de referencia, así que yo estaba convencido de la calidad de su trabajo (¡creo que más que él mismo!) y había poco margen para la sorpresa. Pero lo más gozoso de trabajar en equipo es ver las soluciones que tu compañero va dando a ideas que en el guion apenas están esbozadas, a veces de manera muy distinta a como tú las habías imaginado. En general, mi guion es poco descriptivo, y me gusta dar mucha libertad al dibujante para que él tome decisiones que yo entiendo que son suyas: la planificación y composición de la página, los encuadres de las viñetas, la elección de planos… En ese sentido, casi todas las páginas han sido una sorpresa; yo las iba recibiendo como una verdadera fiesta, porque no sabía cómo las iba a resolver Joaquín hasta que me las enseñaba más o menos dibujadas. Creo que la composición de página es una de sus grandes virtudes, y en este tebeo hay muchos ejemplos de composiciones espléndidas que me han sorprendido (las de las proyecciones de cine, por poner un  ejemplo). También creo que Joaquín ha dado un salto importante con el uso del color; fue una de nuestras grandes dudas y titubeos iniciales, pero creo que consiguió resolverlo con brillantez, y con un sentido narrativo que ha aportado mucho al tebeo.

Joaquín: Enrique creció ante mis ojos cuando leí el libro, una vez impreso y tras un par de meses alejado del trabajo. Y es que fue entonces, al cogerlo más como lector que como autor, cuando me di cuenta de lo bueno que era el guion. Me encontré ante una historia emocionante que yo nunca habría sabido inventar ni armar de esa forma. A mis ojos, ha dado un paso de gigante como guionista. Aparte de eso, he disfrutado mucho de trabajar con él. El otro mundo nos ha hecho vernos mucho más que antes y compartir muchos ratos divertidos y enriquecedores, así que ahora somos amigos además de colaboradores. Aunque en este momento andemos cada uno pensando en su proyecto, me encantaría volver a trabajar con él en el futuro.

Dibujar y firmar al unísono: Joaquín López Cruces y Enrique Bonet comparten ritmo, como si la historia continuara también sobre la mesa.

EL UNIVERSO Y EL TONO DE EL OTRO MUNDO

El libro se mueve en un territorio delicado entre lo cotidiano y lo fantástico, sin subrayados evidentes.

— ¿De qué herramientas, referencias o intuiciones os habéis servido para encontrar ese equilibrio?

Enrique: La mezcla de la fantasía y la “realidad” es algo que siempre me ha interesado, ya sea como lector o espectador, o como narrador y dibujante. Pero intento mantener un cierto equilibrio y no desmadrarme mucho: creo que los elementos mágicos o fantásticos son mucho más efectivos, inquietantes y sugerentes cuando aparecen en pequeñas dosis, en momentos muy concretos o a través de personajes determinados. No soy nada original en eso, supongo que hay miles de referencias y lecturas que “me salen” solas y me influyen inconscientemente a la hora de escribir. Y hay muchas ideas que nacen en el propio proceso de documentación, que para mí no es solo una herramienta para buscar información y dar consistencia histórica al relato: es, fundamentalmente, un radar de estímulos, sugerencias y apuntes que utilizo para inspirarme. Por poner un ejemplo: la idea del fantasma de la anciana (un alma en pena que abandona su “promesa” para seguir a los forasteros con los que se cruza por el camino), surgió directamente de un anécdota recogida en un libro de antropología sobre brujas y hechiceras en Galicia… O el Padre Hitos, el sacerdote que busca reliquias de mártires, es un personaje real que también descubrí en una de mis lecturas. Hay muchos “hallazgos” de documentación que me resultan sugerentes y que intento incorporar al relato, siempre que sean coherentes y funcionen bien en el conjunto. 

Joaquín: En lo que se refiere a la parte gráfica, ese equilibrio ha surgido de una manera natural, sin grandes esfuerzos. Creo que mi forma de dibujar se ha movido siempre entre lo cotidiano y lo fantástico, quizá porque, a pesar de ser figurativo, no soy muy realista, por lo que me resulta fácil cruzar esa línea, casi sin darme cuenta.

— El propio título sugiere un espacio fronterizo. Para vosotros, ¿qué es —o qué puede ser— “el otro mundo”?

Enrique: La intención original era reflejar en el título la idea que ya hemos comentado: la del choque, pero también el encuentro y el intercambio de emociones y experiencias, entre dos formas de ver el mundo. Es algo que se refleja muy bien en la crónica de un misionero recogida en la memoria de las Misiones, y que incluimos como cita en las páginas iniciales: “Es muy posible que esta noche ellos sueñen con las playas del sur y nosotros con sus chozas humildes de barro y pizarra”. El otro mundo es eso: ponerse en el lugar del otro y obtener de ello una experiencia vital. Pero además, el título (¡aunque nos costó mucho dar con él!) nos gustaba porque tenía otras posibles lecturas, otras resonancias muy pertinentes para la historia que estábamos contando: por un lado, la del mundo del “más allá”, ese “otro mundo” representado por el fantasma de la anciana y el pensamiento mágico al que ella da forma. Y por otro, una lectura mucho más política: el “otro mundo” que el ideal republicano quiso construir y no pudo alcanzar, ese sueño frustrado de transformación social y de cambio que, en el momento en que transcurre nuestra historia, ya había entrado en un conflicto imparable con las fuerzas más inmovilistas y reaccionarias.

Joaquín: Dimos muchas vueltas al título antes de dar con él. Teníamos una lista donde apuntábamos propuestas y posibilidades, pero ninguno llegaba a gustar a los dos. Lo dejamos reposar mucho tiempo, con el convencimiento de que al final el título siempre aparece. Y es cierto: apareció “al final”, con el libro casi terminado, cuando Enrique rehízo alguno de los que teníamos en la lista. Se hizo esperar, pero cuando surgió, los dos vimos que era el que queríamos.

— Nos interesa también la relación entre lo onírico y lo político: ¿sentís que dialogan dentro de la obra? ¿Cómo?

Enrique: Sí, ¡o al menos eso esperamos! Pero fue apareciendo de manera muy orgánica, muy natural, a partir fundamentalmente de los dibujos de Joaquín. Por ejemplo: a raíz de la forma que le dio al fantasma (muy distinta a la que yo tenía en la cabeza, con esos ropajes y esa manera de flotar y de elevarse por encima de los “mortales”) el personaje fue adquiriendo otro carácter; de ser casi un elemento folklórico, se convirtió en un testigo privilegiado en la narración, capaz de ver no solo el presente, sino también un pasado sanguinario y un futuro no menos atroz. Creo que esa conexión temporal, esa especie de visión global que nos ofrece el punto de vista de este personaje, es interesante y nos permite darle otra dimensión al conflicto social y político, y también nos permitía contar mucho con muy poco: la imagen de un personaje visto a través de sus ojos de fantasma nos está contando la guerra civil que se avecina. El peso de lo “onírico”, como vosotros nos planteáis, está presente en muchos momentos de la historia, actuando como motor de cambio de los personajes. Por ejemplo: para aquellos aldeanos, la experiencia de ver por primera vez una proyección cinematográfica debía ser lo más parecido a ver una fantasía, o un sueño, hecho realidad. Y así lo percibe nuestra niña protagonista, La Tizná: una niña marginada, excluida, incapaz de comunicarse con sus semejantes, obligada a refugiarse en su particular mundo de muñecos y personajes inventados, que toma una decisión trascendental movida por esa “fantasía” que ha visto en la pantalla: una decisión, además, que acarreará consecuencias para ella y para todo el pueblo.

— ¿Existen guiños conscientes a la tradición fantástica española o al folclore alpujarreño, o esas presencias emergieron de manera más orgánica? ¿Qué relación mantenéis con las Alpujarras?

Joaquín: La Alpujarra me sedujo desde que, estudiando en Granada a finales de los 70, escapaba los fin de semana a los bares de Órgiva o a bailar en Capileira. Desde entonces la he visitado a menudo y he llegado a recorrer casi todo su territorio. Me parece que Enrique ha acertado al desarrollar esta historia en un entorno donde las fronteras entre lo real y lo fantástico no son muy rígidas.

Enrique: En mis años mozos pateé mucho las Alpujarras, con la mochila y el saco de dormir, y  supongo que, inconscientemente, la sigo relacionando con ese espíritu aventurero y viajero, y quizá por eso me identifico tanto con los jóvenes estudiantes que participaban en las Misiones Pedagógicas. También me han interesado siempre los dos temas que apuntáis, la tradición fantástica y el folklore, sobre todo su vertiente antropológica. En el caso de la Alpujarra, hay muchos elementos de ese folklore tradicional que aparecen en nuestro tebeo: los trovos (esas canciones con rimas improvisadas, tan características de esa zona) y las canciones y romances infantiles; el culto a las ánimas; la creencia en el curanderismo y la brujería, introducida por los repobladores gallegos tras la expulsión de los moriscos; la creencia en riquezas escondidas y la búsqueda de “tesoros” supuestamente abandonados por los moros tras su expulsión… Y otros elementos característicos de la Alpujarra, de corte más cultural o antropológico, que también hemos utilizado: la artesanía ancestral del barro, la fabricación de carbón vegetal, la pervivencia del caciquismo o la sangrienta rebelión morisca y su posterior persecución y expulsión, que seguía presente en la memoria colectiva de muchos pueblos.

EL PROCESO GRÁFICO Y NARRATIVO

— Joaquín, nos gustaría saber cómo fuiste encontrando el enfoque visual del libro y qué deseabas que transmitiera el trazo desde el principio.

Tardé bastante en encontrar el tratamiento visual del libro. Hice muchas pruebas y estuve bastante perdido al comienzo el trabajo, precisamente porque no sabía bien qué quería transmitir. A medida que el guion fue avanzando y fui conociendo mejor a los personajes y las situaciones, todo fue encajando. Muchas de las decisiones las fui tomando una vez terminada la primera parte. O quizá sería más correcto decir que a partir de la segunda parte fui afianzando las decisiones iniciales: me di cuenta de que, sin saberlo, el camino emprendido era el adecuado para encajar mi manera de dibujar con la historia que íbamos desarrollando; así que se me quitaron las muchas dudas que me acompañaron en la primera etapa. Esa es también la razón por la que no hay grandes diferencias de estilo a lo largo del libro.

— Enrique, ¿qué retos te planteó escribir en un registro tan sugerente, donde muchas cosas permanecen abiertas?

Creo que lo más complicado fue intentar armonizar todos los temas que iba encontrando en el proceso de documentación, sin entorpecer la narración y sin que resultara un batiburrillo de ideas metidas a saco. ¡Había tantas cosas que me interesaban y me parecían sugerentes! No estoy seguro de haberlo conseguido, pero desde luego era muy consciente de ese reto, y para ello intenté ser lo más contenido y menos explícito posible. Por eso hay muchos temas y circunstancias –tanto políticas y sociales como “vitales” de los personajes– que apenas se esbozan, se apuntan o se sugieren. Y en ese esfuerzo de síntesis y de “contención” me ha ayudado mucho el trabajar para Joaquín; si lo hubiera escrito para dibujarlo yo mismo, es muy posible que me hubiera salido algo mucho más denso y tocho. También tuve claro, desde el principio, que no íbamos a hacer un cómic para explicar con detalle el proyecto de las Misiones. No queríamos hacer un cómic histórico o “divulgativo”, y si alguien espera encontrarse con eso, entiendo que pueda sentirse defraudado. Pero es que ése nunca fue el objetivo de este tebeo. En cualquier caso, no quisimos cerrar el libro sin hacer un poco de justicia a la historia de las Misiones Pedagógicas y a los personajes reales que retratamos, y por eso añadimos el cuaderno final, “Ecos del otro mundo”. 

— Si miráis atrás, ¿hubo alguna escena, secuencia o página especialmente difícil de dar por cerrada? 

Joaquín: Cada escena tuvo su dificultad y nos llevó a un proceso laborioso, juntos o por separado. Yo me vi obligado a hacer cosas que nunca antes había dibujado y a resolver problemas nuevos: es lo bueno que tiene trabajar sobre un guion de otro, que tú no eliges los temas y acabas aprendiendo a dibujar camiones, burros, curas, guardias civiles, multitudes… Debatimos mucho cada escena y siempre me esforcé en dar con el tono que pedía el guion. Es difícil meterte en la cabeza de otro, pero a base de trabajo y conversaciones me parece que conseguimos que el dibujo se adecuara a la historia y contribuyera a crearla.

Enrique: En línea con la pregunta anterior, creo que las escenas que más nos costó resolver son aquellas en las que se intenta sugerir determinados conflictos personales o determinadas circunstancias políticas sin desarrollarlos de manera explícita. Te pongo algunos ejemplos: los encuentros y diálogos entre María y Felipe en las que se desvela su relación anterior y el episodio oscuro que motivó el “destierro” de Felipe; las conversaciones sobre el momento político, las dificultades por las pasaba la República y las elecciones que se avecinaban; y por supuesto, todas las escenas relacionadas con el abuso y la violencia sexual, que intentamos tratar con la mayor sensibilidad y delicadeza posible.

— En ese sentido, ¿qué lugar ocupan en vuestra concepción del libro el silencio, la elipsis y el fuera de campo?

Joaquín: En este libro las elipsis son tan importantes como lo que se muestra. Sin llegar a ser una lectura complicada, sí que se puede enriquecer si los lectores contribuyen activamente imaginando todo aquello que, sin estar presente, aporta información. Hay páginas sin diálogos, silencios en los que hay que leer las expresiones de los personajes o imaginar sucesos pasados o futuros. En ese sentido, no es muy diferente a la vida real, que no siempre se desarrolla mediante una narración lineal, simple y clara. Siempre me gustó, por ejemplo, que nunca veamos al cacique Don Ramón, quien, sin embargo, está siempre presente.

Enrique: Buena parte de este tebeo se construye sobre esas herramientas, ya desde su misma portada, en la que el lector ve la reacción de los aldeanos ante algo que observan colectivamente, pero no mostramos lo que están viendo. Usamos el “fuera de campo” para reforzar algunos de los elementos claves de la historia: desde el dominio invisible y ominoso que ejerce sobre el pueblo ese cacique al que nunca mostramos, a todo ese mundo de habladurías y malos presagios que van cercando a María y a los misioneros. Hay momentos clave de la narración que hemos intentado contar sin palabras, porque creemos que de ese modo la implicación del lector es mucho más potente y le obliga a tomar decisiones, a ponerse en el papel de los personajes y a imaginar lo que está ocurriendo en determinados momentos sin que mostremos nada (como en la escena de la puerta cerrada en el dormitorio de don Ramón). Y no olvidemos que nuestra protagonista es una niña que no habla, que se expresa a través del silencio, y que conocemos, sobre todo, a través de lo que imagina. Y en cuanto a la elipsis… Creo que sí, que en este tebeo pesa tanto lo que se cuenta como lo que no se dice ni se ve explícitamente.

LECTURAS, INFLUENCIA Y GENEALOGÍA

— ¿Qué autores o autoras —de cómic, literatura, cine u otros ámbitos— sentís que forman parte del ADN de El otro mundo?

Joaquín: Nunca se parte de la nada. En el estilo de un dibujante se pueden rastrear los artistas que han contribuido a su formación visual. Yo crecí fascinado por franceses y belgas como Paul Cuvelier o Hergé, por Disney, Carl Larsson o Ivan Bilibin. La lista completa sería inabarcable, porque vas educando la vista y la mano con toda la cultura a la que puedes acceder, gráfica, literaria, fílmica o musical y a los mitos de la infancia se van añadiendo nuevas figuras que te deslumbran, como Norman Rockwell, Charles Dana Gibson, José Muñoz, Saul Steinberg o Alice y Martin Provensen, cuyo estudio te influye, cada uno a su manera, aunque no se pueda apreciar directamente en tu forma de dibujar. Todo lo que ha contribuido a mi cultura visual surca los trazos y los colores de El otro mundo, y me encanta formar parte de ese río cultural y que esas influencias puedan ir saliendo.

Enrique: Es imposible desgranar todas las influencias que te han ido formando como autor de historieta, porque ni uno mismo es consciente de ellas. Yo no puedo negar mi deuda con el mundo literario del realismo mágico (García Márquez, Juan Rulfo…) o con escritores españoles que se han movido en terrenos similares (Juan Perucho, Wenceslao Fernández Flores, el Alfanhuí de Sánchez Ferlosio…). También creo que en este tebeo hay rastros de cineastas como Víctor Erice, y también me gusta pensar que anda por ahí el espíritu de John Ford y su hombre tranquilo o, por qué no, el mismísimo Chaplin. En cuanto a cómics que se muevan en terrenos parecidos, creo que en su momento fueron decisivos para mí los tebeos de Didier Comès (Silencio o La Belette, sobre todo). ¡Y la sombra de Hugo Pratt, por supuesto, siempre anda también por ahí!

— ¿Hay influencias menos evidentes, quizá más subterráneas, que consideréis fundamentales?

Enrique: Pues fíjate, hace poco se me desveló una de esas claras influencias de la que no era consciente en absoluto; volví a ver no hace mucho Matar un ruiseñor, la genial película de Robert Mulligan, y descubrí cómo el personaje que interpreta Robert Duvall (un hombre con problemas mentales, incapaz de comunicarse con sus semejantes) intenta relacionarse con los dos niños protagonistas a través de los objetos y de los muñecos que él mismo es capaz de tallar… ¡Una idea muy parecida a lo que hace nuestra pequeña Tizná con sus muñecos de barro!

Joaquín: A mí me ha ayudado mucho mi bagaje como lector de tebeos, y no me refiero a los dibujos sino a la narrativa, a cómo contar historias. Para saber disponer las viñetas y las elipsis, distribuir las palabras en bocadillos y controlar el ritmo de la lectura es importante haber leído mucho y haber recibido el impacto de una historieta bien hecha. Que te cuenten buenas historias siempre sirve de aprendizaje cuando te toca a ti contarlas.

— ¿Qué tipo de diálogo creéis que mantiene este libro con vuestros trabajos anteriores?

Joaquín: Creo que he conseguido ser más sintético que antes. Me parece un camino natural, limpiar lo accesorio y que cada elemento gráfico cuente algo y cumpla su función. El cuidado por el detalle enriquece los dibujos, pero siempre intento que no haya una sobrecarga que ahogue la narración. Dicho esto, me sigo identificando con mis dibujos anteriores, incluso los de una etapa inicial en los que apenas había empezado ese camino hacia la síntesis y me detenía más en lo accesorio. En este sentido, creo que hay un diálogo vigente entre mis dibujos presentes y pasados.

Enrique: Es curioso, pero yo también he intentado seguir un camino parecido en cuanto al guion, he intentado construir una narración mucho más directa y sintética que en mi trabajo anterior, La araña del olvido. Aunque ambos se mueven en una temática que pudiera resultar parecida (la memoria histórica), creo que El otro mundo abandona la pretensión de explicar y detallar los hechos históricos, algo que en La araña me parecía fundamental; aquí he querido construir, sobre todo, una historia de ficción, en la que la propia ficción es la protagonista y el motor de la historia. En ese sentido, y también por su ambientación rural y sus toques mágicos y fantásticos, creo que mantiene una íntima relación con El juego de la luna, un cómic que escribí en 2009, dibujado por José Luis Munuera y que, en cierta forma, es el germen del que nació El otro mundo. Y por último, y aunque en pequeñas pinceladas, creo que algo se mantiene de mi vena humorística.

Las manos de Enrique Bonet en pleno trabajo: la dedicatoria como gesto íntimo, el dibujo como forma de hacer único cada ejemplar.

TEMAS Y PROFUNDIDAD CONCEPTUAL

Al leer la obra aparecen cuestiones ligadas a la identidad, el deseo y los mundos interiores.

— ¿Hubo algún tema que surgiera sin estar previsto, a medida que avanzaba el proceso?

Enrique: Como ya hemos ido comentando, muchos temas se fueron incorporando conforme la historia iba creciendo. El tema de los abusos, por ejemplo, no fue algo que estuviera pensado desde el principio, pero a medida que el personaje de la Tizná fue tomando importancia, me pareció que pensar en ella como una víctima de un abuso tan cruel podía ayudarnos a explicar muchas otras cosas. Poco a poco, decidimos focalizar en ella la labor de la Misión, y explicar a través de ese personaje, de esa niña desvalida y marginada, la idea central que recorre el tebeo: que el sueño republicano –el ideal republicano que las Misiones representaban– fracasó en su conjunto, como fracasa nuestra Misión, desplazada por la superstición y la doctrina; pero que, a pesar de eso, dejó una huella imborrable en muchas personas, una huella que los transformó y les ayudó a cambiar su vida. Esa idea, que estaba latente desde el principio, no toma cuerpo hasta que el personaje de la Tizná va creciendo y tomando fuerza en la historia.

— ¿Cómo percibís al lector contemporáneo frente a obras que apuestan por la ambigüedad y las zonas abiertas?

Joaquín: No lo tengo muy claro, no me atrevo a hacer un diagnóstico. Creo que hoy cuesta más que antes enfrentarse a una obra ambigua o compleja porque ya no es fácil escapar de la simplificación que nos han traído las redes y el exceso de información. Nos es cada vez más complicado mantener la atención en la lectura durante un tiempo prolongado y si ese mundo narrativo es complejo, ambiguo o abierto, se va a ver mucho más perjudicado por la interrupción constante. Todo está siendo demasiado rápido y aún no se está haciendo la labor educativa que debe ayudarnos a controlar y usar mejor los nuevos medios que nos han invadido casi sin avisar. No obstante, no creo que sea un proceso irreversible, siempre habrá lectores atentos y con autoexigencia, y también creo que está aumentando la preocupación por no perder esas capacidades que adquirimos en etapas menos digitales. Espero que llegue un momento en el que las grandes posibilidades que nos ofrece la tecnología actual se unirán a las capacidades analógicas desarrolladas tras  siglos de cultura.

Enrique: Creo que, afortunadamente, hay lectores y paladares para todos los gustos. El mundo del cómic ya no es el gueto que yo conocí cuando empecé a dibujar; ahora se ha diversificado tanto en sus temas y se ha abierto a intereses y ámbitos sociales tan diversos, que siempre puedes encontrar lectores que conecten con lo que a ti también te interesa como autor. Pero tienes que ser consciente de eso, tienes que saber a quién te diriges, a quién le hablas; está claro que una gran parte del público busca lecturas donde esté todo bien mascado, con  la menor ambigüedad posible, en la que se le den certezas y explicaciones, que no les interpele ni incomode demasiado y no les obligue a buscar sus propias respuestas. Yo, desde luego, prefiero confiar en los lectores e intentar dejarles su propio espacio de interpretación.

RECEPCIÓN Y EXPECTATIVAS

— ¿Qué os gustaría que encontrara un lector al acercarse por primera vez a El otro mundo?

Joaquín: Me encantaría que fuera como un viaje a un mundo perdido, además de un buen entretenimiento; que dejara un poso de interés y diera ganas de saber más sobre nuestro pasado. 

Enrique: ¡Más o menos lo mismo! Nuestra pretensión es, fundamentalmente, crear una historia que emocione e interese a los lectores. Y a partir de ahí, tratar de conectarles con una parte de nuestra historia, y con un proyecto tan apasionante como el de las Misiones Pedagógicas, que no es suficientemente conocido.

— ¿Hay alguna reacción que os produzca especial curiosidad, ilusión o incluso temor?

Joaquín: Me gusta la idea de que llegue a los más jóvenes, sobre todo en institutos, donde puedan debatir en clase. Aunque no esté pensado específicamente para niños y jóvenes, me parece que puede ser una lectura que comunique directamente con ellos, los lleve a interesarse por nuestra historia y se transforme en una lectura inolvidable.

Enrique: Yo mismo me planteaba algunas dudas “éticas” sobre las circunstancias que rodean la muerte del cacique, y el posible debate que podría suscitar en torno a la legitimación de la violencia… tenía cierta duda sobre la reacción del público, ¡pero de momento no he recibido comentarios al respecto, así que entiendo que a nadie le ha chocado demasiado, ja ja! Tampoco tenía claro cómo se iba a percibir la conclusión de la historia: yo creo que es un final agridulce, con un ligero toque de optimismo (o de buena fe, o ingenuidad, por nuestra parte), pero no sé si todo el mundo lo ve así. Hay gente que nos ha dicho que es una historia hermosa pero muy triste… Seguramente tienen razón.

— ¿Os interpela más la lectura emocional, la interpretación intelectual, o la convivencia de ambas?

Joaquín: No me lo había planteado, pero claramente una mezcla de ambas. No solo El otro mundo, cualquier lectura llega más si apela tanto a la emoción como al intelecto.

Enrique: Claramente la convivencia de ambas… Creo que la conexión emocional con la historia y los personajes es la mejor manera para conectar con las ideas que quieres transmitir, o con eso tan antiguo que se conocía como “el mensaje”. Yo no creo mucho en eso de soltar mensajes; soy muy poco amigo de dar doctrinas, pero sí de plantear ideas y compartir temas que a mí me resultan estimulantes y que, creo, pueden serlo también para el lector.

EN TONO PERSONAL

— ¿Qué ideas, imágenes u obsesiones os acompañaron mientras trabajabais en este libro?

Enrique: Creo que ya lo he comentado al principio: esta historia surge de las primeras imágenes que vi sobre las Misiones, la de esos señoritos montados en burro atravesando las montañas. Y esas imágenes, junto con las fotos de las reacciones de los niños y los campesinos mirando la pantalla de cine, nos han acompañado durante todo el camino. También las sombras de las películas de Val del Omar, tan alucinantes y sugerentes; o las fotos de Plácido y Enrique Vargas, los dos maestros que formaron parte de la Misión a la Alpujarra, que nos hicieron llegar unos familiares suyos con quienes hemos seguido manteniendo un emocionante contacto. Creo que su recuerdo y su ejemplo han sido una compañía imborrable durante todo este tiempo.

Joaquín: Nunca había estado tanto tiempo dedicado a un proyecto, así que, para animarme, pensaba obsesivamente en que un día el libro estaría terminado y publicado. Parece una tontería, pero visualizar el objetivo te ayuda a seguir y no desfallecer en el camino. Podríamos llamarla una obsesión positiva.

— ¿Qué consejo os habría gustado recibir cuando empezabais en el cómic?

Enrique: ¡Que no lo presentáramos como proyecto a las ayudas a la creación del Ministerio de Cultura, ja ja! Nos pusimos muy contentos cuando nos dieron la ayuda, pero luego se convirtió en un quebradero de cabeza que nos retrasó y nos distrajo mucho. Pero todo por culpa nuestra, que conste…

— ¿Qué estáis leyendo, viendo o escuchando ahora que os esté estimulando creativamente?

Joaquín: Tengo entre manos varios libros a la vez, que voy alternando: el ensayo Todo es flamenco rock, de Antonio Jesús García (Ché) y Ramón García, la novela Blanco nocturno, de Ricardo Piglia y los cómics A Most Imperfect Union, de Stavans y Alcaraz, una visión descarada de la historia de EE UU, y Raíces de ginseng, de Craig Thompson; aunque estoy tentado de abandonar este último, porque, aunque gráficamente es magistral y altamente inspirador, no consigo interesarme por lo que cuenta. ¡Ah! Y he empezado a releer La araña del olvido, de Enrique.

Enrique: Estoy dándole vueltas a una historia que trascurre en 1971, así que estoy leyendo todo lo que puedo sobre ese año, el final de los 60 y los primeros años de la Transición… y de paso escuchando discos de la época, mirando revistas, películas y periódicos del momento… ¡No sé si acabaré haciendo algo, pero de momento me tiene muy entretenido!

En el detalle está el gesto: un dibujo improvisado, unas palabras rápidas, y el libro deja de ser objeto para convertirse en recuerdo.

Quizá El otro mundo no trate tanto de explicar un tiempo como de convocarlo. De hacerlo presente a través de imágenes, de silencios y de una forma de narrar que confía en la inteligencia del lector tanto como en su sensibilidad.

En la conversación con Joaquín López Cruces y Enrique Bonet queda claro que la obra no nace de una voluntad de cierre, sino de apertura: hacia la memoria, hacia la duda, hacia ese espacio intermedio donde lo político y lo onírico dejan de ser categorías separadas.

Tal vez por eso su lectura deja un poso difícil de nombrar. No tanto una respuesta como una inquietud persistente. Como si, al cerrar el libro, uno tuviera la sensación de haber rozado algo que sigue ahí, latiendo fuera de campo.

Porque hay historias que terminan en la última página.
Y hay otras que, como esta, solo empiezan a desplegarse cuando dejamos de mirarlas de frente.

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