Al otro lado del espejo de madera: de la soledad digital a la calidez analógica de «Piezas», de Víctor L. Pinel

Hay juegos que se heredan como una patria pequeña o una cicatriz familiar. En mi casa, esa patria tenía sesenta y cuatro casillas de madera gastada. El ajedrez me acompaña desde la infancia, desde aquellos días lentos en que mi padre nos sentaba a mi hermano y a mí frente al tablero para enseñarnos que cada movimiento, por insignificante que pareciera, contenía una promesa o una amenaza. Durante años, el ajedrez fue ese lazo silencioso, un lenguaje compartido de miradas cruzadas esculpidas en madera.

El tiempo pasó, las partidas familiares se espaciaron y el tablero acumuló polvo, hasta que hace un par de años la vida me cruzó con un verdadero estudioso del juego. Comencé a estudiar con rigor, a desentrañar los misterios de las aperturas y las sutilezas de las defensas más efectivas, cuidando siempre de mantener el equilibrio: estudiar a diario, sí, pero sin enfermar por convertirme en una fría máquina de cálculo.

Sin embargo, el ajedrez contemporáneo me ha impuesto un peaje amargo: la soledad digital. Hoy juego a través de la aplicación Chess.com y consumo vídeos de analistas en YouTube. Tengo contra quién jugar, es cierto, pero no tengo con quién hacerlo. Al otro lado de la pantalla táctil solo hay avatares impersonales, algoritmos y un desierto de píxeles fríos. Falta el peso físico de la madera, el crujir analógico del reloj, la respiración del contrincante. En Almería, la búsqueda de un oponente de carne y hueso se ha vuelto una odisea estéril. ¿Para cuándo un club mixto en esta ciudad que no rezume caspa ni huela a cuadra? Un espacio limpio, vivo, libre de paternalismos rancios, donde se pueda jugar por el placer del encuentro y no por la mera acumulación de puntos de ELO. Mientras ese milagro ocurre, mi único consuelo analógico ha sido pasar las páginas de un tebeo extraordinario.

El tablero de las vidas cruzadas

Es en esta sed de contacto físico y miradas reales donde el cómic «Piezas», el feliz debut como autor completo de Víctor L. Pinel editado por Nuevo Nueve, se revela como un bálsamo. Pinel despliega una bellísima obra coral de diez personajes cuyas vidas, amores, derrotas y tímidas esperanzas se van cruzando de manera fragmentada sobre el tablero de la existencia.

Resulta revelador acudir al título original de la obra en francés: Échecs. En el idioma de Baudelaire, esa palabra encierra una preciosa y terrible dualidad: significa tanto «ajedrez» como «fracaso». Y es esa fragancia a fracaso sentimental, a desencuentro y a vulnerabilidad la que recorre las vidas de los personajes, quienes se desplazan por la historia al ritmo pausado pero implacable de una partida de ajedrez. A diferencia de la precisión de un motor de análisis digital como Stockfish, el tablero de Pinel está hecho de imperfecciones humanas, de decisiones individuales que, al igual que en una partida real, terminan afectando e interconectando el destino de todas las demás piezas.

La estructura del cómic es un prodigio de orfebrería narrativa. Las tramas avanzan de forma fragmentada, como momentos aparentemente inconexos que van ganando peso y significado a medida que el lector une los puntos — las casillas. Al igual que cuando repasamos una vieja partida grabada en un libro, el tebeo nos invita a volver a páginas anteriores para reinterpretar los silencios, las miradas y los gestos de unos personajes que avanzan, se estancan, caen y se levantan en su tenaz búsqueda de la felicidad.

 
La palabra persa «shah» llegó al latín medieval como «scacus», que luego evolucionó en el francés antiguo a «eschec» (en singular, la amenaza al rey, de donde viene «jaque») y en plural «échecs» (el juego en sí).

Anatomía de la madera

El gran acierto de Pinel consiste en mapear la psicología de sus personajes y sus afectos a través de las propias reglas y movimientos de las figuras de madera. En el lienzo de sus páginas, cada individuo encarna la esencia de una pieza y se mueve bajo el imperio de sus limitaciones y potencias. Los peones: personajes que avanzan con pasitos cortos, tímidos pero determinantes, tratando de dejar de ser simples peones arrastrados por las circunstancias para tomar, por fin, las riendas de su propio destino. Los alfiles: seres que se cruzan en veloces diagonales paralelas, compartiendo una misma trayectoria visual pero condenados, por la propia geometría de sus caminos, a no encontrarse jamás. Las torres: personajes que se muestran bloqueados y rígidos al inicio de la partida, pero que custodian un potencial inmenso y liberador de cara al final, cuando el tablero se despeja. Los caballos: almas saltarinas, erráticas, aparentemente alocadas e impredecibles, capaces de saltar sobre los obstáculos que paralizan a los demás. La dama y el rey: la encarnación del poder absoluto y de la extrema fragilidad; la fuerza arrolladora frente al núcleo vulnerable que toda la estructura social y afectiva se esmera en proteger.

Esta analogía no es un mero ejercicio de estilo, sino una forma poética de recordarnos que nuestras relaciones también están sujetas a una geometría invisible, y que la calidez analógica consiste, de hecho, en aprender a movernos con el otro sin derribarlo del tablero.

Boceto coloreado del personaje de Madame Dubois (Víctor L. Pinel, 2021).

Madame Dubois

De entre toda la constelación de personajes que Pinel traza con maestría, hay uno que me ha tocado de una manera casi dolorosa por la ligadura que establezco conmigo misma: la señora Dubois. Es una anciana terca, rebelde e indómita que pasa sus días en una residencia de mayores. Ajena por completo a los «viejos seniles» que la rodean, Madame Dubois decide clausurar el mundo exterior y construir su propio reducto de resistencia sobre un tablero de sesenta y cuatro casillas, donde juega partidas en solitario.

Me veo reflejada en ella con una nitidez casi profética. Me veo siendo esa viejita entrañable y altiva, cuyo santuario no es una pantalla iluminada con luces LED, sino el relieve áspero del rey y la torre de madera sobre el tapete. Sin embargo, el ajedrez, que parece un juego de aislamiento, es en realidad un puente hacia el otro. Así ocurre cuando Samir, un joven voluntario que asiste a la residencia, se acerca a ella. Las lecciones de ajedrez que Madame Dubois le imparte a Samir van transformándose, tarde tras tarde, en una lección de vida profunda y mutua.

Sin embargo, lo que verdaderamente me estremece y me enamora de esta historia es el hermoso pacto clandestino que sella su complicidad: esos chupitos de coñac que Samir le sirve a cambio de que ella acceda a pasear por las inmediaciones de la residencia. En esos paseos, Madame Dubois vuelve a habitar el exterior, a sentir el roce del aire y el rumor de la calle en compañía. Es una bellísima metáfora de cómo el ajedrez y el afecto analógico nos salvan de la clausura. El coñac y los paseos representan la vida real, esa que no puede emularse en Chess.com: el calor de una mano joven sosteniendo el brazo de una mujer anciana, la mirada cómplice que se cruza antes de dar un sorbo prohibido y la certeza de que, al final, nadie debería jugar — ni beber — solo.

Ojalá un libro titulado «Lecciones de vida», de M. Dubois.

De Zweig, Nabokov y Borges

El tebeo de Pinel no nace desde el vacío. Dialoga de forma constante con las cumbres literarias que han hecho del ajedrez el espejo del alma humana. Al leer sus viñetas, es imposible no tender puentes hacia tres de las obras más icónicas del universo ajedrecístico.

En la desgarradora Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, nos encontramos con el Dr. B., un abogado que logra empatar una partida contra el rudo campeón mundial Mirko Czentovič en un transatlántico. El secreto de su destreza es terrible: recluido por la Gestapo en una celda de hotel en absoluta soledad, el Dr. B. sobrevivió a la tortura de la incomunicación memorizando y jugando miles de partidas en su propia mente gracias a un manual que robó por azar. El ajedrez fue su salvación contra la locura, un refugio de madera mental frente a la barbarie. En el corazón de nuestra protagonista late esa misma urgencia de supervivencia: el tablero como la única trinchera posible frente al naufragio de la vejez y del olvido.

Frente a la idea de salvación en Zweig, Vladimir Nabokov nos ofrece en La defensa la trágica advertencia del gran maestro Luzhin. Para él, el descubrimiento del ajedrez es la revelación de un orden armónico, un escudo perfecto contra la hostilidad y la infelicidad de su adolescencia; no obstante, el juego termina convirtiéndose en una obsesión totalitaria que devora su vida, transformando el refugio en una jaula de la que no puede escapar. Luzhin olvida que el ajedrez, como decía el propio Nabokov, es un arte «bello, complejo y estéril» si se le despoja de la calidez humana. Pinel esquiva con gracia el abismo de Luzhin: en Piezas, el tablero no es un laberinto estéril que aísla, sino un plano donde las vidas se tocan y se curan a través del contacto directo.

Finalmente, es imposible no escuchar los ecos del inmortal poema “Ajedrez«, de Jorge Luis Borges mientras contemplamos las páginas de este tebeo. Borges nos recuerda que en el «severo ámbito en que se odian dos colores», las piezas libran una batalla armada ignorando que es la mano del jugador la que gobierna su destino. Entonces, el poema da un giro metafísico aterrador y bellísimo:

También el jugador es prisionero / (la sentencia es de Omar) de otro tablero / de negras noches y de blancos días […] Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Al igual que en el poema borgeano, los personajes de Pinel parecen peones movidos por un rigor invisible, pero su grandeza radica en que, en lugar de resignarse a ser prisioneros pasivos de la trama, se esfuerzan por dar pequeños pasos sobre el tablero blanco y negro de sus días para adueñarse de su propia jugada.

La conexión analógica

Frente a la pantalla táctil de mi teléfono, donde las partidas blitz duran tres minutos y los oponentes se desvanecen con la velocidad de un clic, Piezas funciona como un manifiesto de resistencia. Nos recuerda que la verdadera belleza del ajedrez — y de la vida — no reside en la fría optimización de una jugada calculada por un procesador, sino en la calidez de tocar la madera áspera de las figuras, en pasar despacio las páginas de un libro sintiendo el olor del papel y en la valentía de sostenerle la mirada a quien se sienta enfrente.

Madame Dubois nos enseña que su refugio de sesenta y cuatro casillas solo cobra su verdadero y luminoso sentido cuando estamos dispuestos a levantar la vista del tablero, aceptar un chupito de coñac y salir a caminar del brazo de alguien por el exterior de la vida. Que empiece la partida, pero que sea siempre mirándonos a los ojos.

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