SOBRIO, PERO NO ALETARGADO
El viernes, 16 de octubre, en la Plaza de Toros de Almería yo iba a ver a Loquillo por cuarta o quinta vez. A estas alturas mi memoria empieza a confundir los conciertos con las resacas, los años con las canciones y las noches memorables con aquellas en las que simplemente pude sobrevivir. Iba a lo seguro. A reencontrarme con un viejo conocido del que uno ya sabe qué esperar: presencia, canciones como navajas bien afiladas y esa arrogancia arquitectónica que hace que algunos hombres parezcan edificios y otros, directamente, monumentos. Pero llevaba una semana jugando otra partida.
Siete días antes había decidido dejar de beber alcohol; así, sin una ceremonia de despedida, sin publicar un manifiesto en redes ni convocar a los medios para explicar mi nueva relación con el hígado. Simplemente, dejé de beber una semana. Lo suficiente para descubrir que el mundo no se acaba cuando rechazas una cerveza — aunque algunos bares se empeñen en sugerir lo contrario — y lo bastante para llegar a un concierto con una extraña sensación de limpieza, como si alguien hubiera pasado una gamuza por el cristal a través del cual llevaba años mirando las cosas. No sabía si aquello iba a mejorar la experiencia o a convertirme en uno de esos tipos insoportablemente lúcidos que explican los conciertos al día siguiente como si hubieran asistido a una conferencia sobre el verdadero sentido del rock ‘n’ roll.
Mi amigo Óscar llevaba tiempo diciéndome que Ciclonautas eran muy buenos. De esa manera insistente y cariñosa con la que los amigos te recomiendan un grupo y tú vas aplazando la escucha porque siempre hay otro disco, otra urgencia o alguna estupidez perfectamente prescindible reclamando tu atención. Uno escucha a los amigos, claro; otra cosa es hacerles caso. Así que allí estaba yo, en primera fila, dispuesto a comprobar si Óscar tenía razón o si, por el contrario, había desarrollado una de esas pasiones musicales que conviene respetar sin necesidad de compartir.

ÓSCAR TENÍA RAZÓN, EL MUY CABRÓN
La primera sorpresa de la noche fue que Ciclonautas no son una banda para escuchar mientras esperas a que salga el artista principal, sino una banda que te obliga a revisar tus prioridades y te acerca a las primeras filas del escenario. Lo suyo es rock de carretera secundaria, de taller mecánico con la persiana medio bajada, de whisky imaginario servido en un vaso sucio que, por una vez, no necesitas llevarte a la boca. Hay peso, hay mugre, hay melodía. Hay riffs que parecen arrancados de una maquinaria industrial. Basta con tener tímpanos para entender que esos tíos son buenos de cojones. Con y sin alcohol en el gaznate.
Desde la primera fila, el asunto adquiría otra dimensión. El sonido no se oye: te llega al pecho, te revienta las costillas y te hace sospechar que quizá llevaba demasiado tiempo consumiendo música a través de dispositivos diseñados para no molestar a los vecinos. ¡Puto Spotify! Justo en ese momento, comprendí algo importante: Óscar no me había estado recomendando un simple grupo. Me había estado señalando una puerta. ¡Los Ciclonautas son una jodida hostia en el cerebro! No sé si Óscar esperaba que le mandara un mensaje durante el concierto, pero, de haber tenido el móvil a mano, habría bastado con una frase: «Tenías razón, cabronasssoooo».
Y he de nombrar una pequeña injusticia que merece ser señalada: hay grupos que reciben una atención desproporcionada respecto a lo que ofrecen y otros que siguen peleando por conquistar cada centímetro de escenario. Ciclonautas pertenecen, todavía, a esa segunda estirpe. No necesitan compasión, ni padrinos, ni que nadie les regale el adjetivo de «promesa». Necesitan que los escuches y parte del público, estúpidamente, no entró al recinto hasta que Loquillo subió al escenario. ¡Error garrafal con mayúsculas! La noche ya había valido la pena antes de que apareciera El Loco. Doy fe.

EL LOCO O EL ARTE DE NO PEDIR DISCULPAS POR EXISTIR
Hubo un cambio de guardia y, poco después, apareció el Hombre. No diré que apareció un cantante, porque sería una descripción ínfima. Apareció Loquillo, que es una categoría bastante más robusta: un personaje construido con música, contradicciones, pose, historia, ego y una cantidad considerable de canciones que han sobrevivido a sus autores, a sus épocas y a las modas que juraban venir a sustituirlas.
José María Sanz lleva poco menos de medio siglo sobre los escenarios. A estas alturas, la biografía ya no es una lista de méritos, sino una parte de su legado como artista. Uno escucha sus canciones, sí, pero también escucha los años que han pasado por ellas. Las noches en las que sonaron, los coches en los que viajaron, las personas que ya no están para cantarlas y todas las versiones de nosotros mismos que se quedaron en el camino.
Lo había visto sobre el escenario cuatro o cinco veces. Las suficientes para reconocer los códigos, las poses, la manera de ocupar el escenario como si alguien hubiera trazado sus límites sobre el suelo con una tiza invisible. En definitiva: sabía de sobra a lo que venía. O eso creía. Estamos hablando de un gigante que no intenta venderte la ilusión de que sigue teniendo veinte años. No necesita disfrazarse de su propio pasado ni hacer el ridículo persiguiendo una juventud que ya no le corresponde. Su edad no es un problema que deba ocultar: es material escénico administrado con una inteligencia que roza la insolencia. Desde la primera fila, su figura tiene algo de columna clásica plantada en mitad de una tormenta. Alto, hierático cuando quiere, desafiante casi por naturaleza, se mueve con una economía de gestos que convierte cada inclinación de cabeza en una declaración de intenciones. No corre detrás de la atención del público. La atención va detrás de él y eso es puro magnetismo. No pude quitar mi ojo de cada detalle.
La gira Corazones legendarios le permite revisar un repertorio monumental con una sonoridad renovada y una banda a la altura del encargo. Josu García e Igor Paskual, a las guitarras, construyen un diálogo que convierte a los clásicos en algo inevitablemente de vanguardia. Germán San Martín añade color desde los teclados, mientras la base rítmica empuja las canciones con la contundencia necesaria. No se trata de reproducir un recuerdo con exactitud quirúrgica, sino de conseguir que vuelva a respirar. ¡Y joder si respira!
En las calles de Madrid, Línea clara, María, Creo en mí y El hombre de negro dibujan una primera parte que funciona como advertencia: aquí no hemos venido a visitar las ruinas de nada. Hemos venido a comprobar qué queda en pie. En Los buscadores, Salud y rock and roll y El hijo de nadie aparece un Loquillo que ya no necesita demostrar que puede mandar. Simplemente manda. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas. El primero necesita convencerte; el segundo conoce su territorio y se permite recorrerlo a su manera. El rompeolas sigue teniendo esa capacidad de convocar una melancolía que no se parece a la tristeza, sino a la certeza de que hubo un tiempo en que todo parecía posible y nosotros, benditos inconscientes, nos lo creímos.
Después llegan Memoria de jóvenes airados y El último clásico. El título de esta última parece una provocación, aunque quizá sea también una descripción involuntaria de lo que sucede delante de nosotros: un tipo que ha conseguido convertir su propio repertorio en un lugar al que siempre se puede regresar sin encontrarlo exactamente igual. La noche comenzó a inclinarse hacia su territorio más peligroso. Suenan Carne para Linda, Rey del Glam, Rock and Roll Star. En esta última, Loquillo recuerda sus primeros pasos, cuando el futuro era una promesa y el rock and roll todavía parecía una forma razonable de cambiar el mundo. Lo curioso es que, después de tantos años, la canción no suena a balance de una carrera, sino a reivindicación de una actitud.

SIETE DÍAS SIN ALCOHOL Y UNA PRIMERA FILA LLENA DE MATICES
Hay un momento de la noche en que recuerdo mi decisión de dejar de beber. No de una forma solemne, ni como quien acaba de descubrir una nueva religión. Lo recuerdo porque estoy disfrutando del concierto con una nitidez que me resulta extraña. Distingo los cambios de dinámica, veo cómo se miran los músicos antes de una entrada, percibo el modo en que una guitarra se aparta para dejar respirar a la otra. Escucho los matices y me pregunto cuántas veces habré confundido la intensidad con la intoxicación. No pretendo convertir una semana sin alcohol en una retahíla de gurú de internet. No voy a asegurar que haya encontrado la iluminación ni que ahora comprenda mejor el sentido de la vida. Simplemente, el sábado por la noche estaba allí. Entero. Sin el pequeño retraso con el que a veces uno habita su propio cuerpo cuando lleva unas cervezas de más. La sobriedad no hizo que el concierto sonara mejor. Hizo que yo estuviera más disponible para escucharlo.
En un concierto hay detalles que se pierden cuando uno está demasiado ocupado celebrando su propia celebración. El gesto casi imperceptible de un guitarrista, la respiración antes de entrar en una frase, el instante en que el cantante deja de interpretar una canción y empieza a vivirla delante de ti. El directo está lleno de pequeñas cosas que no aparecen en los discos y que desaparecen cuando solo recuerdas el volumen general de la noche. Esa noche quise atesorarlas como un bien preciado.
También me gustó comprobar que se puede disfrutar del rock sin convertir el alcohol en el patrocinador oficial de la experiencia, que no hace falta anestesiarse para soltarse, ni beber para autorizarse a sentir. Uno puede estar sobrio y seguir siendo un perfecto indeseable, siempre que conserve el sentido del humor, cierta mala leche y la capacidad de reconocer un buen riff cuando le pasa por encima. Lo curioso es que no me sentí menos salvaje. Me sentí más presente. Y la presencia, en estos tiempos de atención fragmentada y entusiasmo prefabricado, es una forma bastante decente de rebeldía.
No sé si dejaré de beber para siempre, ni creo que tenga que resolver esa cuestión entre dos canciones de Loquillo. Esa historia me pertenece y no necesita una moraleja de cierre. Lo que sí sé es que aquella noche no eché de menos el alcohol. Tenía suficiente con lo que estaba pasando delante de mí. La música sabe de sobra cómo alterar la química.

UN CADILLAC EN LA MEMORIA DE LOS QUE SE QUEDAN
Los bises llegaron con la lógica de las grandes noches: cuando crees que ya has recibido bastante, aparece otra tanda de canciones para demostrarte que todavía queda munición. Rock and Roll Actitud preparó el terreno. La mataré llegó cargada de esa oscuridad que obliga a recordar que el cancionero de Loquillo no siempre ha sido cómodo ni inocente. A ritmo de garaje volvió a poner en circulación una juventud que, sin duda, ya no tenemos, aunque algunos nos empeñemos en llevarla puesta como una chupa de cuero.
Y después, Feo, fuerte y formal. Hay títulos que funcionan como eslóganes, pero este lleva tantos años asociado al universo de Loquillo que ha terminado convirtiéndose en una especie de código de conducta. Una manera de decir que la elegancia no consiste en caerle bien a todo el mundo, que la fortaleza no necesita exhibirse constantemente y que la formalidad, entendida como coherencia, puede ser una forma de insolencia. No hay que creerse demasiado el personaje para disfrutarlo. Basta con entender que el rock también es teatro, y que el buen teatro no deja de ser verdad porque haya sido cuidadosamente ensayado.
Entonces llega Cadillac solitario y sucede algo que no tiene demasiado sentido explicar con términos técnicos. Basta con escuchar los primeros compases y notar cómo cambia la temperatura emocional de la plaza. He visto a Loquillo cantar esta canción un centenar de veces. Incluso yo mismo la versiono para deleitarme en el karaoke de mi barrio. Sin embargo, sigo sin inmunizarme a sus efectos. Considero que ya forma parte de mi propio yo. El de ahora, el de entonces y el que está por venir.
Salgo del concierto sin una resaca que negociar al día siguiente, sin tener que reconstruir los huecos de la memoria y sin la necesidad de preguntarme si disfruté más de lo que recuerdo o recuerdo menos de lo que disfruté. Salgo con la sensación de que un concierto de Loquillo siempre es un buen lugar en el que aposentarse. Su repertorio ha sobrevivido a su propia leyenda. Con unas canciones que han adquirido capas de significado que no podían tener cuando fueron escritas porque, a diferencia de tantos artistas empeñados en reproducir eternamente la fotografía de su mejor época, él parece haber comprendido que envejecer también puede ser una forma de estilo.
Quizá la gran lección que me llevo de aquella noche no fue musical. Uno puede volver a un artista conocido y descubrir algo nuevo. Puede escuchar a un grupo recomendado mil veces y preguntarse por qué demonios ha tardado tanto en llegar a él. Puede dejar de beber durante una semana y descubrir que no necesita añadir nada a una noche que ya viene cargada de electricidad. Puede salir de una plaza de toros pensando que, después de todo, el rock and roll no consiste en destruirse para demostrar que uno está vivo. Consiste en sentirse vivo cuando empieza a sonar. Óscar tenía razón: Ciclonautas son muy buenos, Loquillo sigue siendo Loquillo, y yo, al menos por una noche, conseguí estar exactamente donde quería estar: delante del escenario, sobrio, sudado, con los oídos zumbando y el corazón haciendo el imbécil. A veces no hace falta más. Ni menos.


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