Hay noches de festival que empiezan cuando se encienden las luces del escenario y otras que empiezan unas horas antes, desde el nerviosismo que nos producen nuestros propios recuerdos.
La de Hombres G en el Cooltural Fest de Almería, el sábado, fue de las segundas. Bastaron unos acordes para que el tiempo hiciera una pequeña trampa y devolviese al público a una época en la que las canciones se aprendían de memoria, los veranos parecían eternos y la actitud genuina un pasaporte oficial para meterse en problemas.
David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javi Molina salieron al escenario sabiendo perfectamente qué venían a buscar: no solo a un público dispuesto a corear sus éxitos, sino a varias generaciones enteras dispuestas a reconocerse en sus canciones.
El festival había reservado para ellos el Escenario Estrella de Levante a las 22:25, después de Ana Torroja y antes de La Pegatina. Y el resultado fue una de esas estampas que explican por qué un festival no es solamente una sucesión de conciertos: Hombres G consiguió reunir a padres, hijos, parejas que se conocieron escuchándolos, nostálgicos con camiseta de grupo, adultos con alma de adolescente y chavales que probablemente descubrieron que sus progenitores también tuvieron una vida antes de WhatsApp.
Y aquí conviene detenerse: porque Hombres G no son únicamente un grupo superviviente. Son un artefacto sentimental de precisión quirúrgica. Han conseguido algo bastante más difícil que mantenerse: han logrado que sus canciones sigan perteneciendo a quienes las escucharon hace cuarenta años y, al mismo tiempo, puedan ser adoptadas por quienes todavía no habían nacido cuando sonaron por primera vez.

EL TRUCO ESTÁ EN LAS CANCIONES
El arranque fue una declaración de intenciones sin demasiadas contemplaciones: “Voy a pasármelo bien” y “El ataque de las chicas cocodrilo”. Dos golpes directos al hipotálamo. Dos canciones que no necesitan presentación ni contexto. En cuanto aparecen las primeras notas, el público ya sabe lo que viene y, sobre todo, sabe que todo lo que viene son canciones que sobreviven a las modas.
La banda, además, no se presentó como una pieza de museo. David Summers sigue ocupando el centro de gravedad con esa mezcla tan suya de chulería madrileña, elegancia canalla y naturalidad. Rafa Gutiérrez y Dani Mezquita sostienen el andamiaje guitarrero mientras Javi Molina mantiene el pulso desde la batería. A su alrededor, una banda ampliada con teclados, una tercera guitarra y una sección de metales que aportó músculo y profundidad a un repertorio que, sin dejar de ser reconocible, ganó cuerpo en directo.
Y ahí está una de las claves del concierto: Hombres G no viven solamente de la memoria; son músicos de auténtico nivel.

DEL ROMANTICISMO AL GAMBERRISMO
El concierto fue creciendo por capas. Tras los medios tiempos, el repertorio se puso la chupa de cuero y volvió a enseñar los dientes con “Indiana” y “Nassau”. Después llegó la recta final: “Suéltate el pelo”, “Visite nuestro bar” y, naturalmente, “Marta tiene un marcapasos”, convertida en una gigantesca liturgia colectiva. Y entonces sucede algo curioso: uno mira alrededor y deja de ver un público genérico. Ve biografías. Auténticas historias de vida.
Porque cada canción parece tener un dueño distinto. Para unos, “Marta” es una canción de adolescencia. Para otros, una cinta de cassette gastada. Para otros, un verano, un primer beso, una pandilla, una noche de discoteca, un coche prestado, una época en la que llamar por teléfono significaba encontrar un fijo y esperar a que no contestara el padre de la chica.
Eso es lo que Hombres G pusieron anoche sobre el escenario: tiempo.

No nostalgia barata: tiempo
Más de cuatro décadas han pasado desde que David, Javi, Dani y Rafa empezaron a influir en las vidas de muchas personas. Y eso impresiona.
He de confesar que yo mismo he de adherirme al desarrollo de la crónica: este fue mi primer Cooltural Fest, Y tiene algo de paradoja reconocerlo, residiendo en Almería. Uno puede pasarse años mirando el festival desde cierta distancia, viendo carteles, leyendo crónicas, escuchando a otros hablar del ambiente y pensando aquello tan almeriense de “ya iré”. Hasta que un día va. Y descubre que quizá se estaba perdiendo algo.
El Cooltural tiene esa capacidad de convertir el recinto en una especie de ciudad paralela durante tres días. Hay ruido, cerveza, carreras entre escenarios, encuentros inesperados, gente que llega por un grupo y termina descubriendo otro, y una mezcla de generaciones que hace que el festival no parezca encerrado en una etiqueta musical.

LOS MEJORES AÑOS… Y ALGUNO DE LOS NUESTROS
La parte final fue directamente un ataque a la memoria colectiva. “Los mejores años de nuestra vida”, “Temblando”, “Venecia” y, para cerrar, “Sufre mamón”. Y ahí ya no había crítica musical que valiera. O quizá sí: precisamente esa era la crítica musical.
Porque si una banda consigue que miles de personas canten al mismo tiempo una canción escrita hace décadas, si puede alternar canciones de pop-rock saltarín con baladas y mantener la atención, si puede introducir arreglos de metales y guitarras adicionales sin convertir el repertorio en una verbena de nostalgia, si puede hacer que un adolescente y alguien que escuchó esas canciones cuando fueron publicadas compartan exactamente el mismo estribillo, entonces está ocurriendo algo que va mucho más allá del entretenimiento. Está aconteciendo ante nuestros ojos, algo que solemos denominar como cultura popular.
Hombres G no inventaron el pop español, ni falta que les hacía. Pero entendieron algo esencial: una buena canción no tiene fecha de caducidad.
Quizá lo más hermoso fue comprobar que el público no estaba allí únicamente para escuchar a la banda. Estaba allí para encontrarse consigo mismo, con quien fue, con quien ya no es y con quien creyó que sería.
Ese es el privilegio de los grupos que han conseguido atravesar generaciones: sus canciones dejan de pertenecerles del todo. Ya son de la gente.
Son de los que las bailaron, de los que las cantaron, de los que se enamoraron con ellas, de los que las detestaron porque las ponía su hermano mayor y de los que ahora las cantan junto a sus hijos.
Y yo, que estrenaba Cooltural Fest después de tantos años teniéndolo prácticamente al lado de casa, salí del recinto con una certeza bastante sencilla: quizá los mejores años no sean necesariamente los que quedaron atrás.
Quizá sean aquellos que todavía somos capaces de cantar juntos.

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