Retro-crítica: «Cuando el acero era plástico.» (Milkbar#0, 2005)

«Más allá de los límites de nuestro universo yace otro lugar: un lugar de magia, misticismo, brujería y ciencia. Entre las nubes cósmicas gira un Sistema Solar con una estrella de tipo tres que brilla en el éter del espacio interestelar. En torno a esta estrella giran mundos inconcebibles por las simples mentes mortales. Ellos están poblados por demonios y semidioses, hechiceros y sybils, hombres y mujeres imbuidas en las energías del bien y del mal.»

Biblia de He-Man y los masters del universo, Michael Halperin (1982)

El gusto por la épica de cualquier joven de hoy día tiene su origen en esta forma de entender el ocio infantil. Si los trágicos griegos no han sido olvidados por las nuevas generaciones se debe, me atrevo a afirmar, a este directo heredero de Aquiles, a este más que probable hoplita espartano.

La historia era muy simple: en un planeta lejano, el príncipe heredero del trono de Eternia utiliza una espada con poderes sobrenaturales para transformarse en el más poderoso guerrero que jamás haya existido  y defiende con valentía su planeta de las fuerzas del mal.

Esta es la versión edulcorada y amable que mostraba la serie de Filmation, la versión primigenia; la de los minicómics, no era tan complaciente. He-Man es un joven bárbaro norteño, montaraz. En sus sueños aparece siempre una mujer que noche tras noche le recuerda que él es el elegido, que debe dejarlo todo, abandonar su pueblo, a sus seres queridos por una noble causa: proteger los secretos que alberga el castillo de Grayskull, defenderlos de las tretas de Skeletor, un vil y corrompido hechicero que posee la mitad de una espada mágica que, de completar, romperá el equilibrio entre el bien y el mal.

He-Man y Battlecat por Dani Peña

El noble muchacho abandona su pueblo y marcha en busca del sagrado castillo. Skeletor ya tiene las dos mitades de la espada y es más poderoso que nunca. Los dos colosos se encuentran y, tras una dura batalla, He-man machaca al pérfido villano y separa la espada. El mal ha caído pero, para que el equilibrio sea restablecido, He-man renuncia a la espada, y sus dos mitades son depositadas separadas en el castillo, porque como cualquier presidente de futbol sabe, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

He-man y Skeletor son dos caras de la misma moneda. Saben que el juego del mundo los necesita, la lucha para ellos es eterna, sin meta, solo un placer originario en el juego del devenir: son el orden dentro del caos.

Eso no es todo, recordemos que el tres es un número mágico; tres eran las nornas, tres las gorgonas, tres la parcas, tres los reyes magos, hasta las musas no eran sino tres grupos de tres. La mitología de los Masters del universo necesita pues un tercer actor para este escenario cósmico.

Aparece pues un tercer personaje, un elemento desestabilizador:  hablamos de Hordak, claro. La figura de Hordak es un misterio, solo sabemos que asusta y que fue el maestro de Skeletor. Sus conocimientos superan toda razón, su curiosidad desafía a los dioses y, por ello, es castigado. Skeletor le teme y envidia sus conocimientos, su libertad; así que le engaña, le traiciona y envía a otra dimensión, cual Morgana encerrando a Merlín en su prisión de cristal.

Hordak en la serie de 200x. Lo que pudo ser y no fue.

Hechicero supremo que ha vivido milenios, a diferencia de Skeletor, Hordak es trágico, es maligno pero sabio y seductor, su fuerza y su drama está en que lucha contra el destino. Es el elemento discordante. Vive rodeado de sus grotescos secuaces esperando su momento. Su relación con ellos es de igual a igual, comparten su status de parias de la sociedad, su sinceridad, su alegría. Su sola presencia es aborrecible para los encargados del orden, del statu quo; son una blasfemia andante, legionarios de Baco, por eso son mandados al exilio. “Enemigos de todos, amigos de nadie” rezaba su lema en los blísters de Mattel.

Si He-man es bravo, honesto y  figura brillante, y Skeletor es envidioso y megalómano; Hordak es artero, embustero y sensato. Como un moderno Ulises tan solo desea volver a ver su tierra: es un viajero incesante, hambriento de conocimientos y añora su Ítaca particular que es Eternia.

Para aquellos chavales ochenteros, aquello no era sino el secreto del acero, o quizás del plástico. Nos hablaban de una época pretérita. Más tarde, descubriríamos que He-Man ni siquiera era el guerrero más fuerte:  Thor, Superman, Son Goku o Hulk Hogan tenían más poder que él, pero eso nunca importó. El esperpento que son nuestras vidas empezó aquí, en este apartado universo anacrónico de barbarie y tecnología.

¡Seguimos en pie!

La terrible guarida de Hordak y sus secuaces

 

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