¿Qué pueden hacer dos mentiras en el desierto?: «Encías quemadas», de Natalia Velarde (Reservoir Books, 2025)

Una fábula apocalíptica, desbordada y brutalmente honesta sobre el duelo, la fantasía como refugio y el momento inevitable de atravesar el dolor sin anestesia.

Hay algo casi violento — y profundamente necesario — en la forma en que Natalia Velarde se abre al mundo editorial con Encías quemadas. No es solo un debut: es una irrupción. Una de esas obras que no parecen pedir permiso, que no se pliegan a lo esperado, que no quieren gustar sino decir. Sin puntos ni comas, sin paréntesis ni corchetes. La premisa podría engañar: una criatura híbrida — Piel de Perro — atraviesa un mundo devastado junto a Cielito en busca del Autor, una entidad capaz de reescribir el final de la historia. Sin embargo, pronto entendemos que no estamos ante una fábula al uso, ni siquiera ante un relato fantástico en el sentido clásico de la palabra. Esto es otra cosa. Un descenso. Una herida abierta. Una forma de sostener el duelo cuando el lenguaje ya no basta. ¿Qué nos queda después del lenguaje?

En el centro de Encías quemadas se sitúa el dolor de la pérdida. No como tema, sino como materia prima. Velarde no lo rodea, no lo estiliza o lo desfigura, no lo convierte en una metáfora cómoda: lo atraviesa. Y en ese gesto radicalmente honesto — cuasi incómodo por momentos — es donde el libro encuentra su potencia más devastadora. Lo extraordinario es que, lejos de resultar hermético o ensimismado, el cómic conecta. Quizá porque ese dolor, cuando se expone sin filtros, deja de ser individual. Se vuelve reconocible. Hay algo muy íntimo en este libro, pero también profundamente colectivo: todos hemos perdido algo, todos hemos temido perderlo, todos hemos intentado — de una forma u otra — inventar una historia que lo haga soportable.

El apocalipsis no irrumpe en escena: se extiende con lentitud, como una conversación que se apaga mientras el mundo, al fondo, sigue ardiendo.

Hablar de Encías quemadas es también hablar de su lenguaje visual. O, mejor dicho, de sus lenguajes, porque Velarde no dibuja: compone, rompe, ensambla, desborda. Aquí no encontrarán viñetas al uso. No hay una estructura que contenga el relato. Las páginas funcionan como superficies vivas donde todo sucede a la vez: personajes que se deslizan sin marco, palabras que se integran en el trazo, donde el significado desborda al significante, fondos que mutan entre el collage y lo pictórico. Hay momentos de una expresividad casi infantil — ese trazo cartoon heredado de la animación clásica — que conviven con otros mucho más oscuros, difusos, trabajados desde el carboncillo y la mancha. Esa tensión entre estilos no es un capricho formal: es el propio pulso de la obra de Velarde. La parte más narrativa se sostiene en un dibujo dinámico, casi lúdico, pero cuando entramos en el territorio del sueño, del recuerdo, de lo que no se puede nombrar con precisión, el trazo se vuelve inestable, vaporoso, inquietante. Como si el propio dibujo dudara de sí mismo.

El dibujo se descompone al ritmo de la emoción: identidades que se estiran, se rompen y vuelven a encajar sin terminar de reconocerse.

Por otro lado, están esos momentos en los que todo se detiene. Imágenes que parecen cuadros. Instantes suspendidos que obligan a mirar despacio, a quedarse. Hay una idea que sobrevuela el libro en su totalidad y que, de algún modo, lo sostiene: la necesidad de construir un lugar donde lo perdido pueda seguir existiendo. No como negación de la realidad, sino como refugio o zona de tránsito. Encías quemadas es, en ese sentido, un artefacto profundamente humano. No ofrece respuestas, tampoco ordena el caos, ni promete consuelo fácil, pero sí propone algo más valioso aún: una forma de mirar el dolor sin apartar la vista, de entender que la fantasía no siempre es una manera de huir; a veces, es la única manera de quedarse un poco más.

Entre ruinas clásicas y visiones febriles, el relato se vuelve mito: una civilización que cae mientras alguien intenta, aún, encontrar sentido.

Que una obra así haya sido reconocida con los VIII Premios ACD Cómic no hace más que confirmar lo que ya se intuye al pasar sus páginas: estamos ante una autora que no solo ha llegado para quedarse, sino para incomodar, expandir y redefinir los márgenes del medio ilustrado. Encías quemadas no es un libro cómodo, ni falta que le hace. Es un libro que arde en manos de quien lo sostiene, y que, precisamente por eso, deja huella.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*