¡Al diablo con el Diablo!

Anton LaVey junto a Diane Hagerty, segunda esposa y figura clave en los años de expansión mediática de la Iglesia de Satán. Entre rituales, platós de televisión y escándalos morales, ambos construyeron la imagen pública más reconocible del satanismo moderno.

En la tarjeta de presentación de Anton Szandor LaVey bien podría señalar en tipografía Arial del 15: «Papa Negro y fundador De la Iglesia de Satán en 1966». Bueno, Papa Negro… Además de pervertido sexual, filósofo existencialista, ateo furibundo, showman de lo macabro, carismático hombre de negocios, aprendiz de brujo, músico e incluso poeta. Solo le faltó aparecer en la enésima entrega de Gran Hermano o en el episodio dos mil ciento catorce de la milenaria Arrayán emitida en Canal Sur para completar tan diabólico currículum. Y es que, desde luego, menos pelo, tenía de todo el tipo.

Nadie podía imaginar allá en los sesenta que su círculo de amigotes y curiosos, los cuales se reunían en su ya famosa casa en el 6144 de California Street, en San Francisco, pintada de riguroso negro y repleta de artilugios y parafernalia satánico-fetichista, llegaría a convertirse en una secta hippy hedonista de amor depravado, ni muchísimo menos en la filosofía satanista «oficial», ordenada y bien articulada, que persiste a día de hoy. Hablamos de una religión y un sistema moral de vida reconocido oficialmente en Estados Unidos. En 1969 publicará su célebre Biblia Satánica, un auténtico ladrillo bestseller donde recoge su ideario, ritos y demás maldades. Una especie de Necronomicón al alcance de tu mano. Ríete tú de la trilogía de «Cincuenta sombras de mierd… ¡Grey!». Con la cortesía de Amazon, es justo el momento en el que empezó el año I del reinado de Satanás. Y tú con esos pelos, ¿verdad? 

Pero ¿quién era este autodenominado «Black Pope«? Nacido en los años treinta y de raíces rumanas, confundirá a propios y extraños constantemente a base de falsear su biografía a conveniencia, para imbuirse en un halo místico y oscuro que él cuidaba alimentar. Nunca lo olviden: la estética es más importante que la ética para un satanista. La acción, el aquí y ahora, el placer y la carne; en definitiva, el «carpe diem, socio» tan nuestro del Zapillo era ya algo común en los quehaceres diarios de los satanistas y de sus groupies ninfómanas, autodenominadas «brujas» (original, ¿verdad?).

Retrato oficial del autoproclamado “Papa Negro”, siempre a medio camino entre el telepredicador, el ilusionista de feria y el villano de serie B. LaVey convirtió cada aparición pública en una liturgia del espectáculo.

Volvamos a nuestro sacerdote de lo prohibido. Sabemos que trabajó en antros y garitos de mala muerte, intentando hacerse un hueco en el mundo del espectáculo con números de magia y, según malas lenguas, de transformismo. Es en esta época temprana cuando, bajo su propio testimonio, se convierte en amante fugaz de la siempre eterna en nuestros corazones (y braguetas) Marilyn Monroe. Era cuestión de tiempo conocer a personajes de «su rollo» en ambientes que lo introducirían en el mundillo, como Jack Parsons, discípulo de A. Crowley, quien poseía una librería esotérica que pronto se convirtió en el centro de operaciones de LaVey antes de trasladar la «sede» del satanismo a su propia casa, donde profundizaría en la filosofía de Crowley o Nietzsche, de quienes se siente su heredero más directo, o las cazas de brujas inquisitoriales. También se introduce en Hollywood de la mano de gente como Kenet Anger, colaborando incluso en algunas cintas sobre el diablo en el momento más álgido de su carrera. Famosa es la leyenda urbana sobre su colaboración en Rosemary’s Baby, de Polanski, o sobre sus pinitos en la escena musical de la mano del «desconocido» Mick Jagger o, más recientemente, de Marilyn Manson (el más insigne de los miembros de la diezmada Iglesia de Satán en la actualidad).

Tras conocer a la que sería su segunda esposa, Diane Hagerty, una despampanante teenager rubia de apenas diecisiete años, llegarían los años dulces del satanismo. Las orgías, los ritos góticos y la fama llegarían de la mano y, de ahí, su leyenda: su relación cordial y cortés con el vecindario, sus pequeños caprichos como un león que tenía por mascota, así como publicaciones escandalosas para la moral de la época y apariciones constantes en televisión que lo situaron en la cresta de la ola. No faltarán escándalos y escisiones sectarias de sus principales lugartenientes, falsas denuncias y mitos sobre sus rituales como sobre sus líos de faldas (no obstante, se casará una vez más) hasta llegar al momento de su muerte a finales de los noventa por un edema pulmonar, atrapado por su propia leyenda, tal vez como un remedo norteamericano de nuestro insigne Angel Cristo. Un juguete roto en toda regla, enemigo de todos, amigo de nadie en los últimos trances de su vida. Cabe destacar, eso sí, que hasta el último instante conservó su sentido barroco de la imagen y de la estética: tras ser incinerado, sus amigos, familiares y principales seguidores se reparten sus cenizas convencidos de los poderes que estas conservasen. 

Pero ¿qué demonios es el satanismo? Nunca mejor dicho. Hoy en día las ideas fundadoras del satanismo oficial y ortodoxo de LaVey no se distancia mucho de la mentalidad hedonista, cruel y egoísta de la choni cachonda de su barrio, pero no se confundan: los satanistas no escuchan El Barrio ni Andy y Lucas. El asunto es más complicado de lo que pudiera parecer a simple vista. Consiste en un batiburrillo de varios idearios y filosofías ya consolidadas y conocidas por cualquiera, pero, a su vez, revestidas por ese toque victoriano, tenebroso y efectista que conlleva todo lo relativo al demonio, convirtiéndose en un sistema de vida materialista, ultraliberal y profundamente ateo.

La estética como dogma: Anton Szandor LaVey posando rodeado de “brujas” y símbolos rituales en una de las imágenes promocionales más icónicas de la Iglesia de Satán durante los años sesenta.

Del satanismo clásico y religiones existentes se nutre su estética, ritos y parafernalia. A LaVey le gustaba oficiar misas negras vestido ridículamente de diablo, cura o Papa balbuceando lo que, a su entender, era latín. Sus escritos, terminología y bestiario se nutren de la tradición judeocristiana tamizada por el ocultismo clásico, el Talmud judaico y notas de paganismo nórdico. Beberá mucho del creador del «satanismo moderno» y de su filosofía, conocida como «Thelema»): el victoriano A. Crowley, y de su máxima: «Haz tu voluntad, será toda ley«. Y es que el satanismo de LaVey es profundamente existencialista, a la manera de Nietzsche. Ya saben: toda esa verborrea sobre la muerte De Dios, vivir el momento y el superhombre, con una nueva moral alejada de las convenciones preestablecidas. La vida es una. Niega la existencia del cielo y el infierno. Por tanto, el mayor pecado para el satanista es caer en el autoengaño de creer en el más allá y en la moral del rebaño. Tomará también prestada su rebeldía y falta de escrúpulos a la hora de satisfacer nuestras bajezas, aunque para el satanista ningún deseo es bajo o pecaminoso, sobre todo los carnales. El auténtico pecado es la no consumación de nuestros deseos o impulsos, aunque como matiza LaVey: «siempre y cuando nadie salga perjudicado o herido«. Como ven, un hombre civilizado y con ingentes cantidades de vaselina anal.

Ateísta empedernido, Satán no es el Demonío, ni lo prohibido, ni siquiera la idea del Mal, ya que el Bien y el Mal son subjetivos alejados de la moral kantiana. Satán es, en sí mismo, un concepto abstracto, una idea, una metáfora que explica y justifica la rebeldía contra lo establecido, la ruptura con la norma, la ciencia frente a la fe, el conocimiento frente a la ignorancia, el cuerpo frente al alma. Vive la vida plenamente y rompe con todo. Sé dueño de tu cuerpo y de tus días. Eso es Satán frente a lo que representan el resto de religiones o morales. Satán es Lucifer, el «portador de la luz», el portador de la iluminación y del autoconocimiento. Es Prometeo tras traer el fuego a los humanos. Es el Coco. Es e hombre del saco. Es Willy Toledo alzando su voz en una comisaría de Vallecas. Es, en definitiva, la eterna mentira (en tanto que no existe) creada por los mayores mentirosos de la Historia: la religión y los que creen en ella para perpetuarse en el poder. Estructuras y superestructuras marxistas. Ahí es nada, oiga.

Sobre esa idea de libertad brutal y honesta, coqueteará con las tesis de Ayn Rand, creadora del objetivismo y escritora favorita de la insigne e inmortal Esperanza Aguirre. El mundo es cruel, salvaje y despiadado. No hay sitio para los débiles, siendo el capitalismo la mejor opción para sobrevivir y diferenciar fuertes de débiles. Esfuerzo, sudor e individualismo puro y duro, visualizando en cualquier política social o en la masa el fantasma del comunismo o del fascismo. El egoísmo del individuo como fuente de salvación social frente a la masa amorfa y borreguil. Para un satanista es un error tratar a todos por igual malgastando esfuerzos y recursos que en la vida escasean. Trata bien a quien te trate bien y mal al que lo hace mal. Todo lo contrario de mis exnovias, que trataban bien a todos menos a mí. O algo parecido.

Anton LaVey leyendo fragmentos de La Biblia Satánica a un reducido círculo de iniciadas en la Casa Negra de San Francisco. Entre el ocultismo de salón y la performance barroca, LaVey entendió pronto que el satanismo también debía entrar por los ojos.

Como verán, el asunto es largo y extenso, dando lugar a interminables sobremesas y meriendas de tenedor. Los hipsters del lugar pueden memorizar este artículo para recitarlo a la salida del cineclub y triunfarán con esa feminazi que se les resiste. Cosas se quedan en el tintero por falta de espacio (y por respeto hacia usted, lector), como las distintas ramificaciones y rupturas que surgen de la base satanista oficial. Desde su yerno, fundador de la «Orden del Hombre Lobo», fusionando las ideas paganistas con un concepto no de libertad, sino de maldad en sí misma y de purificación del ser humano mezclado con la estética y el ideario neonazi, hasta el más reciente cisma de los vampiros. El egoísmo del fuerte sobre el débil afirmando que somos vampiros psíquicos de emociones y sentimientos y que es justo agotarlas, succionarlas del otro conforme a nuestros propios deseos. Aquí se me vienen a la cabeza otros dos o tres chistes sobre mamadas y mamonas.

En todo vaso, para finalizar este breve paseo por la vida y obra de Anton LaVey es justo reconocer su originalidad en aquella época pueril pre-hippy, así como su carácter profético. Resulta inquietante que los actuales poderes económicos y políticos mundiales, desde nuestra insigne y bella Susana Díaz hasta la esbelta Angela Merkel, sin olvidarnos del ya retirado cantante de rancheras Bush Jr. o el malo de turno de 007 (hablo de Putin, claro) ni del concejal de tu pueblo, coincidan en las premisas básicas del satanismo: ultraliberalismo atroz, egoísmo y cierta fascinación por pisar el cuello que haga falta, justificando el bien personal frente al de la comunidad. Da qué pensar cuando menos (si es que todavía nos queda algo de sangre en el cerebro y no en el pito, pero es otra historia). Como dijo aquel: «el resto es silencio«.

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