«¿Te molesta que toque el acordeón? ¿No? Entonces… ¡No vale la pena que lo haga!»
Anónimo
En 2021 tuvimos la fortuna de poder entrevistar a Jan en una extensa charla que publicamos en esta web. Se nos quedaron muchas cosas en el tintero y hemos podido volver a conversar con él. En los cinco años que han transcurrido entre una y otra charla, Jan ha jubilado a su personaje más famoso. Random House con la colaboración de SD ha empezado a reeditar de forma cronológica en integrales llenos de extras los álbumes de Superlópez. Los cuatro primeros tomos editados hasta ahora pueden verlos en la primera imagen de esta entrada. Asimismo, junto con Amaniaco Ediciones ha recopilado las historias sobre el mundo de los funcionarios Días moscosos (guionizado por Raúl Deamo) y ha supervisado la restauración de Los últimos de Villapiñas (con guiones de Oli), publicado originalmente en la revista Jauja y que nunca había sido recopilado en un solo tomo. Además, en estos años no ha parado de trabajar, dibujando y guionizando nuevas historias de Don Talarico. Y, por si fuera poco, ha creado como autor completo (guionista-dibujante) nuevos personajes con los que ha publicado la trilogía de Las futuristas aventuras de Rich Tex Format, dos álbumes de Oneie en sus mundos y, con textos de Santi Llagostera y Montse Muntadas, La casa del dibujante.
Sin mas dilación, a continuación os mostramos la entrevista donde charlamos con el autor para repasar su trayectoria vital y profesional pasada, presente y futura, que publicaremos en dos partes. Esperamos que les guste tanto como a nosotros realizarla.
Infancia, formación y primeros años
— Usted nació en 1939. En la anterior entrevista hablamos de sus comienzos profesionales siendo muy joven, pero me gustaría detenerme un poco antes: ¿qué recuerdos concretos le han acompañado siempre de su infancia en la posguerra? ¿Hay alguna imagen o sensación que crea que ha marcado su forma de contar historias?
Jan: En absoluto. Ninguno, como es normal a esas edades. Solo sé que teníamos buen nivel de vida al principio, pero lo perdimos al final por las consecuencias de aquella época… Eso sí, mis dos hermanos y yo nunca pasamos hambre porque mis padres nos protegían.
— Con veinte años emigró a Cuba. En una entrevista antigua decía que se fue con preguntas y volvió con ellas respondidas. ¿Diría que esas respuestas han guiado el tono, los temas o incluso la ética de su obra?
Jan: Sí, exactamente así fue. Al marchar a Cuba llevaba conmigo la cultura que buenamente me había dejado adquirir el entorno educativo clerical-franquista que limitaba bastante mi capacidad de interpretar el mundo real. Hacer un guion me era imposible, no tenía ideas… En Cuba toda esa basura desapareció ante la gran libertad que tuve de acceso a lecturas y cultura, sin restricciones.

Etapa en Cuba
— Entre 2015 y 2017, ACyT Ediciones recuperó parte de sus trabajos cubanos. ¿De qué modo influyeron esos diez años en su trayectoria profesional?
Jan: Contaba allí con una libertad de creación sin restricciones de casi ningún tipo. Empecé a escribir y se me soltaron las ideas a base de la observación del entorno sociológico e histórico real. Eso me acostumbró a trabajar sin trabas.
— En el libro de Tebeosfera (2014), el tristemente fallecido Juan Padrón hablaba con enorme cariño de aquella etapa. ¿Qué destacaría usted de ese periodo? ¿Qué ambiente creativo se respiraba?
Jan: Personalmente sentía que se me escuchaba y que podía expresarme y desarrollar mis ideas con toda libertad. Eso lo percibía, de manera general, durante los primeros años de la Revolución Cubana.

— Padrón habla con admiración de la serie El duendecillo. ¿Qué nos puede decir de ella?
Jan: Fue una idea de Froilán Escobar, periodista, escritor y poeta. Entonces estaba trabajando en otra historia que me sirvió de entrenamiento, por cierto, pero cuando Froilán me propuso hacer El duendecillo dejé lo que hacía, y ello no les importó a los editores de El Pionero ya que las cuestiones económicas no primaban nada en el socialismo. Estaba en una etapa de desarrollo y aprendiendo y buscando recursos expresivos. Una época muy fructífera. El personaje de El duendecillo prendió mucho entre los niños cubanos y acabó de mascota de Los Pioneros de Cuba.
— ¿Por qué decidió volver a España?
Jan: Las condiciones cambiaban ante la presión de EE.UU. sobre Cuba y contribuía a la radicalización política. El bloqueo a la isla impedía que llegaran medios y ni siquiera podía tener a mis hijos conmigo al carecer de vivienda propia. Se acumulaban las razones. Llegó un momento en que ya no veía futuro profesional allí.

Primeras obras y colaboraciones
— En la anterior entrevista le pregunté por su reunión con Efepé para retomar el Supergrupo, pero no de sus comienzos.
Jan: Conseguí encargos del Departamento de Infantil dirigido por Miguel Pellicer como la revista ColeCole, los cuadernos Yo Seré…, etc. Llegamos incluso a las adaptaciones de Heidi, Marco, El perro de Flandes… Creo que esos fueron nuestros comienzos. El trabajo nos unió bastante. Teníamos mucho en común, pero hay que reconocer las diferencias.
— Además de los primeros Superlópez con Efepé, publicó, entre otros trabajos, Pasolargo y Nosotros los catalanes. ¿Cómo se conocieron y empezaron a trabajar juntos? ¿Qué impresión le dio como guionista?
Jan: A Efepé le conocí en casa de Antonio Martín. Andaba buscando guionista para mis guiones de Bruguera, ya que los que me facilitaban eran estúpidos y no soportaba sus normas y líneas de la casa. Efepé sabía darles un toque más inteligente que los demás guionistas de Bruguera y estábamos muy de acuerdo en todo. Pasolargo y Nosotros los catalanes fueron proyectos e ideas de Efepé, muy interesantes para mí. Estoy muy contento de haberlos dibujado.
— ¿En qué momento sintió la necesidad de escribir sus propios guiones y tomar el control total de la obra?
Jan: Al tercer álbum de Superlópez, ya me sentí muy repetitivo y me daba cuenta de que siempre iban a ser críticas sobre los superhéroes americanos, se me alargaba demasiado el tema y tenía mis propios intereses e inquietudes de tipo social e ideológico que sabía que podía desarrollar con Superlópez. No me fue fácil, ya que le tenía afecto.

Bruguera, crisis y transición
— El medio siempre ha estado ligado a cierta precariedad. Llevamos años en una crisis galopante detrás de otra y no parece que la cosa vaya a mejorar. ¿Cómo vivió el cierre de Bruguera? ¿Qué opciones se planteó en ese momento?
Jan: Por entonces ya tenía Don Talarico para la revista Strong, pero no era suficiente. Pellicer me consiguió el encargo de Laszivia para Norma Editorial y también apareció Pedro Tabernero con su encargo de Viceversa, trotacosmos de ida y vuelta para la revista Rumbo Sur. Desde luego que ese cierre me afectó, pero no me dejó parado. Las opciones no me las planteaba: venían.
Después de Bruguera: exploración y obras menos conocidas
— Entre la desaparición de Bruguera y la aparición de Ediciones B, realizó trabajos muy diversos. Uno de los más fascinantes es Viceversa, trotacosmos de ida y vuelta, en la revista sevillana Rumbo Sur. ¿Cómo surge este proyecto? ¿Partía de una idea propia o había indicaciones previas?
Jan: Tabernero me indicaba cosas generales, pero las ideas siempre fueron propias. La primera idea que le propuse no le convenció y la segunda fue Viceversa… He de reconocer que era un editor que sabía lo que quería y no gustaba de lugares comunes. Buscaba un contenido de cierto nivel cultural y opté por el surrealismo de Lewis Carroll y Jonathan Swift que siempre me había gustado.
— Posteriormente continuó esas ideas en Fechas mágicas. ¿Cómo fue ese proceso?
Jan: Viceversa gustaba y Tabernero trabajaba para la Expo Internacional de Sevilla de 1992. Tenía que conseguir una mascota y pedía a varios autores que le enviaran bocetos. A Mingote, a otros y a mí también. No recuerdo quién ganó, pero le interesaba un libro sobre la Expo y le pidió un guion a Miguel Ángel Nieto con el personaje de Viceversa. Me llevó casi un año. Es todo.

— Pedro Tabernero le propuso una tercera historia ambientada en Sevilla. ¿Habría continuado con Viceversa? ¿Llegó a desarrollar personajes o sinopsis?
Jan: Desde luego, Tabernero me había comprado los derechos del personaje y lo natural era que lo utilizara, y en principio me comprometí a estudiar el tema de la historia de Sevilla. Desarrollé una teoría narrativa y esbocé ideas argumentales en general, pero solo me sirvieron para darme cuenta de que resultaba una empresa enorme, compleja y de gran duración. No me sentí capacitado al final, pese a toda la ayuda que me prometía Tabernero con eruditos y documentaciones. No me salía a cuenta. Al final tiré la toalla sintiéndolo mucho. Pedro Tabernero era un editor magnífico y lamento no haberle podido complacer.
— En su etapa en Jauja surgen grandes obras como Villapiñas o Cab Halloloco. ¿Qué recuerdos guarda de esa experiencia?
Jan: Tanto como grandes. Supongo que me relajé y cogí confianza. Estaba cansado del concepto de la Escuela Bruguera del cómic. Volví a reencontrarme a mí mismo y trabajar con los hermanos Oliván y M. Pellicer era muy agradable.
— En la anterior ocasión que pudimos conversar, nos dijo que la reedición de Los últimos de Villapiñas era una espina clavada que tenía. El año pasado al fin pudo publicarse. ¿Cómo ha sido el proceso de restauración? ¿Qué le evoca esta serie?
Jan: Mi experiencia con los hermanos Oliván me parecía demasiado valiosa como para enterrarla en olvidos. Necesitaba sacar y reeditar ese material. Creía que Oli merecía más atención, pero no contaba con los originales, y Jordi Coll estuvo trabajando con las revistas. Al final aparecieron esos originales gracias a Pellicer y el nuevo color lo encargamos a Sonia Moruno.
— ¿Cómo fue trabajar con Oli como guionista y personalmente?
Jan: De lo más agradable, siempre estábamos de acuerdo. Era muy fácil trabajar con él.
— Mientras se solucionaba el tema de los derechos de los personajes de Bruguera. Usted colaboró con Cómics Fórum a través de Antonio Martin. Sabiendo que decidió huir de la parodia de superhéroes, ¿cómo fue volver al género con Superioribus?
Jan: En aquella época trabajaba en los estudios Equip a las órdenes de Jordi Amorós (Já) y en la serie de animación Mofli, el koala. Cerca estaba la oficina de Antonio Martín. De dibujo de cómic era el único que tenía aquellos días y además era para meter en una revista de superhéroes. Por eso hice esa parodia, muy lejos y muy cerca de Superlópez, por cierto.

Superlópez
— De Superlópez y su origen pudimos hablar largo y tendido la anterior vez, pero se me quedaron algunas preguntas en el tintero. ¿Cuándo decidió que Superlópez debía tener un final? ¿Fue antes o después de Sueños frikis?
Jan: Antes. Ya iba viendo que acabaría por llegar a cobrar de pensión de jubilación la misma cantidad que estaba ganando con Superlópez y ya eran bastantes años acumulados con el mismo personaje. No me atraía eternizarme, dale que te pego siempre con lo mismo. Mal que bien me apetecía volar y siempre he dicho que tengo derecho al fracaso.
— En nuestra última conversación, me dijo que su relación con Random House había mejorado. ¿Qué opina de las reediciones actuales de Superlópez? ¿Colabora usted de algún modo en ellas?
Jan: Al principio no contaban conmigo para nada, pero ante las críticas sobre el primer tomo reaccionaron. Le pasaron la tarea a Toni Guiral, y la cosa mejoró. Guiral sí que me escribe, me consulta y me pide cosas. Hago lo que puedo y sabe que puede contar conmigo.
— Aprovechando la reedición integral entre SD y Random House, y sabiendo que todos los tomos salidos hasta ahora se han agotado, ¿ha pensado o le han propuesto una despedida específica del personaje? Una pequeña historia de pocas páginas como en el álbum del 25 aniversario o algo similar.
Jan: No, pero a estas alturas no creo que deba. No me gustan las despedidas, ni creo que sea necesario. De hecho, en el fondo, Sueños Frikis ya tiene un poso de despedida. Es más romántico.
— Como autor, ¿no siente usted pena por la poca visión comercial de Ediciones B, o, actualmente, Penguin, para reeditar álbumes clave del personaje aprovechando el contexto social del momento? Pienso en El señor de los chupetes cuando se estrenaron las películas de El señor de los anillos, o una aún más evidente, reeditar Los cabecicubos en el contexto social y político en 2026 con el auge de los populismos y las políticas totalitarias?
Jan: Yo no soy editor y no me creo capacitado para juzgar otras profesiones sin conocerlas a fondo. Además, los editores son empresarios y el dinero es suyo. Comprendo perfectamente que se preocupen por no perderlo. Lo ideal no siempre casa con las posibilidades.
— El retorno del Supergrupo y su reunión con Efepé fue muy celebrada por los lectores y la propia editorial, y participó usted en el álbum colectivo Las ocho caras del Supergrupo. ¿Ha llegado a leer el álbum dibujado por Nacho Fernández o el de Leonell Castellani?
Jan: Precisamente, las ventas bajaban y la editorial bajo la dirección de Ernest Folch estaba interesada en el fenómeno nostálgico, decían que era el mejor mercado. Ya te digo que yo no soy empresario, ellos sabrán. Siempre me ha gustado trabajar con Efepé, pero las nostalgias no me entusiasman de la misma manera. Consideraba que era el principio del fin. Reconozco que los demás dibujantes lo hacen mejor que yo y les felicito por ello.

— Algo que me hizo ilusión encontrar en el primer tomo integral de SD sobre Superlópez es que nombraran el trabajo sobre portadas que varios miembros del Foro de la T.I.A. recopilaron. Me consta que usted recibió un ejemplar. ¿Qué siente al ver material recopilado por lectores? ¿Le gustó el proyecto?
Jan: Pues me impresionó por trabajo y por coste. Si sois felices haciéndolo está muy bien. Sí que me agradó mucho ojearlo junto a un buen vaso de malta escocés, y también tengo algo de nostalgia a veces. ¡Gracias!
— Cincuenta años vista, ¿cómo definiría a Superlópez?
Jan: Espera a que termine la botella, ahora mismo no se me ocurre. En serio, no hacen tantos años que hice el último, y, por cierto, no siento apego a los personajes que he creado sino a las historias que contaba con ellos, y como continúo, pues…
Revista Superlópez y labor divulgativa
— He leído que la época de la Revista Superlópez fue la mejor para usted. ¿Cuál es el mejor recuerdo que guarda de ella?
Jan: Especialmente que se me escuchaba y contaban conmigo.
— Algunos aprendimos más de cómics con su libro Cómo se hace un cómic y con la sección “Las cosas de Jan”, de la Revista Superlópez, que en la Escuela de Artes. ¿Cómo surge la sección “Las cosas de Jan”?
Jan: Sugerencia mía que recibieron bien. Supongo que originalmente fue consecuencia del libro Com es fa un comic y su buen recibimiento.
— ¿Disfrutaba explicando el proceso creativo a lectores jóvenes?
Jan: Creo que resultaba agradable y relajante. El resultado gustaba a todos.
— ¿Qué grado de implicación tenía en la revista?
Jan: Como ya dije, se me escuchaba y eso no me ha vuelto a pasar en la vida.
— Pienso en el ritmo de publicación de la revista y en las portadas que realizaba. Sabiendo que no es usted humorista, ¿le costaba dar con la idea para el gag de estas portadas?
Jan: Pues no. Eran bastante fáciles de pensar y de hacer. Alguna que otra más difícil, pero no sufría con ellas.

El oficio: técnica, control y creación
— Desde su etapa en Cuba ha mostrado especial interés por el color. ¿Cuándo empieza a colorear usted mismo los álbumes de Superlópez?
Jan: Ni recuerdo, pero sí que me preocupaba mucho la calidad del color que en Bruguera no valoraban a penas. Si colaboré con la revista Tretzevents (L’Infantil) fue por la calidad del color, ya que lo que pagaban no compensaba nada, y supongo que eso me espoleó. Pasé por varias formas de hacer el color y siempre había un fallo en la reproducción, era decepcionante saber que no tenía el control. Lo mejor que imprimían eran las portadas.
— ¿Cómo vivió el paso al digital?
Jan: Como un descubrimiento: vi la manera de controlar más el tema del color. Si entregaba el trabajo completo y grabado en un CD, el resultado se acercaba más y mejor a lo que quería, pasaba por menos manos. Me compré un equipo completo carísimo solo para aprender y aunque no me sirvió, porque entonces eran muy lentos, vi que solo necesitaba más velocidad y que esta llegaría. Hoy todos los dibujantes de cómic usan el ordenador.
— ¿Volvería al color manual en algún proyecto puntual?
Jan: ¿Para que me lo estropeen? Yo no hago cuadros para el comedor. Hago cómics para ser impresos.
— Usted ha defendido el control total sobre la obra (guion, dibujo, ritmo). ¿Qué significa para usted ser un autor completo?
Jan: Eso depende de cada uno, de la visión de los resultados que cada uno tenga. Ibáñez era un autor completo que usaba entintadores, rotulistas, coloristas y no tenía ni quería tener ordenador. No importa cómo trabajes, lo que importa siempre es el resultado. Yo me siento bien haciéndolo como lo hago. De eso se trata.
— Siempre ha defendido que el personaje es la excusa para contar la historia. ¿Se han quedado en el cajón muchas historias porque no hubiera manera de encajarlas en sus personajes más conocidos?
Jan: Las ideas suelen sobrar. Nunca he tenido ese problema. Cuando trazas una historia ya van implícitos los personajes. Si tienes ese personaje fijo, entonces has de crearle historias, pero no creo que sean la excusa. No recuerdo haber dicho eso… Tal vez.

Universos propios y lenguaje
— Tolkien cuenta en sus cartas que la creación de su universo mitológico de ficción fue una necesidad para establecer un contexto a la lengua que inventó en sus escritos. Los petisos carambanales tienen incluso su propio lenguaje. ¿Cómo nacen estos personajes?
Jan: Me los inspiraron las psicofonías y teorías contraculturales de El retorno de los brujos y similares. Hablaban de formas hectoplásmicas surgidas de fuerzas mentales combinadas y me divirtió la idea, pero no existe el idioma petiso. Tan solo un alfabeto que cualquier niño puede inventarse si quiere. Eso no es una lengua; más bien, una clave.
— Después de Petisoperías, ¿no le plantearon realizar un spin-off con estos entrañables personajes?
Jan: No hubiera aceptado. Para mí solo eran recursos gráficos que servían (y sirven) para hacer mantener la atención del lector en las viñetas. Todavía lo hago con mayor variedad de bichería. Funcionan, pero no tienen entidad propia.


Dejar una contestacion