Hay una edad en la que uno deja de ir a los conciertos para descubrir grupos y empieza a hacerlo para comprobar que todavía queda alguien conocido entre el público. Si alguien se lo está preguntando: todavía no estoy en esa edad. Sin embargo, a ver a Los Punsetes fui con un amigo que tenía cierto reparo ante la posibilidad nada descabellada de encontrarse con su ex pareja. En Almería se vive en territorio dagger de manera constante. Es una ciudad pequeña y el que todavía no se conoce está destinado a hacerlo en alguna etapa de su vida.
Mi amigo levantaba la vista a cada rato. No de una manera evidente. No iba preguntando por ella, no sacaba el teléfono cada treinta segundos, no decía aquello de “¿tú sabes si ha venido?”. No. Lo hacía peor. Miraba. Miraba entre la gente con la concentración de un sociólogo y veía una cabeza, luego otra, después una rubia seguida de una morena. Una camiseta que le ha parecido familiar. Nada, no está. Era una buena señal para poder disfrutar de un buen concierto con la mente en paz. Que me lo digan a mí.
La noche prometía. Era la última noche de feria en Almería, esa institución que durante nueve días consigue que una ciudad normalmente dedicada a sobrevivir al calor se entregue a la tarea mucho más importante de sobrevivir a sí misma. El Cooltural Fest había terminado oficialmente unos días antes, pero alguien tuvo la sensata aunque sospechosa idea de añadir una bola extra. Entrada gratis. Frente al auditorio Maestro Padilla, el olor del mar, cerveza fresquita, mucha gente y, por fin, después de unos cuantos conciertos previos, llegaron Los Punsetes dispuestos a cerrar las fiestas locales.
Ariadna Paniagua apareció en el escenario con esa expresión suya de mujer que acaba de recibir una noticia terrible y ha decidido que lo mejor que puede hacer es no reaccionar. Ni una mueca. Ni una concesión. Ni una puta explicación. Detrás de ella, la banda. Delante, nosotros. Y mi amigo buscando. Todavía buscando.
La primera canción fue Tu opinión de mierda. Me pareció una declaración de intenciones bastante elegante. También podía ser una indirecta y no necesariamente para mi amigo. Los Punsetes llevan más de veinte años haciendo algo bastante difícil: conseguir que una canción parezca una conversación que alguien ha tenido en su cabeza durante varios años y nunca se ha atrevido a mantener en voz alta. Son desagradables. Son divertidos. Son cotidianos. Y, sobre todo, son reconocibles. Todos hemos sido alguna vez el idiota, el pesado, el que vuelve y el que no vuelve, pero mira si el otro está en línea. El que asegura que le da todo igual, pero que a los diez minutos está mirando Instagram por si acaso. Los Punsetes no te juzgan por eso. Es peor. Te hacen una canción. O unas cuantas. Una detrás de otra, sin tiempo para asimilar el mensaje de la anterior.
Así, fueron cayendo Cerdos, Idiota, España corazones, Arsenal de excusas, Tu puto grupo y otras piezas de ese manual de instrucciones para relacionarse con los demás sin necesidad de fingir que nos caen bien. Pero mi amigo seguía buscando. Y yo empecé a pensar que quizá aquello era precisamente lo que habíamos venido a ver.

Cambiando de energía
Hay conciertos para bailar, conciertos para ligar, otros para beber. Y luego están los conciertos que, sin haberlo solicitado, te hacen una auditoría emocional. Los Punsetes son una gestoría de lujo para eso. Puedes acudir sin cita previa. Sin hoja de reclamaciones, sin el típico arsenal de excusas. Y a todo esto, mi amigo había dejado de buscar entre la gente. Juraría que le empezaron a gustar las canciones. Quiero pensar que se sintió reconocido en muchas de ellas, y eso ya era bastante para poder descansar de sus neuras.
A nuestro alrededor, el público hacía lo que hace el público en un concierto de Los Punsetes: cantar canciones sobre gente horrible mientras se comporta razonablemente bien. Gente que al menos conocía las canciones importantes y gente que conocía a alguien que conocía a Los Punsetes y consideraba que eso era una forma válida de autoridad moral. El indie español tiene esas cosas. Uno que tiene ya cuarenta y cinco tacos y sigue diciendo “vamos a ver a Los Punsetes” con el mismo entusiasmo con el que a los diecinueve decía “vamos a beber”. Porque mientras la Feria intentaba decirnos que había que disfrutar, que había que celebrar, que había que salir, que había que consumir, que había que sonreír y que Almería era una ciudad abierta al ocio, Los Punsetes estaban ahí para recordar que también se puede estar de mala hostia. Que no pasa nada. Que incluso puede quedar bien. Que hay días en los que uno está jodido y tiene razón. Y días en los que, simplemente, parecemos gilipollas. La frontera es fina.
Llegó Me gusta que me pegues. Ahí la cosa se puso más seria porque detrás del humor corrosivo hay siempre una parte incómoda en Los Punsetes: esa capacidad de hablar de cosas que no tienen ninguna gracia utilizando precisamente el mecanismo de la risa. El público canta. Tú cantas. Y, de repente, descubres que estás cantando algo que, si lo explicaras fuera de contexto, sonaría bastante peor. Ese es uno de los superpoderes de la banda: convertir el malestar en estribillo.

Todo sigue progresando
El desastre sentimental puede convertirse en una cosa bastante divertida si le pones guitarras. Lo comprobamos presencialmente. Mi amigo ya no buscaba. Quizá había comprendido que la persona que a veces buscas entre la multitud no siempre es la persona que necesitas encontrar. Que hay noches en las que uno sale de casa con una misión y acaba descubriendo que la misión era una mierda. Que a veces el mejor resultado de una ruptura no es recuperar a alguien, sino recuperar la capacidad de mirar hacia otro lado. Por fin, sonó Viva. Luego, Tus amigos. Y el concierto empezó a entrar en esa zona en la que todo el mundo sabe que queda poco y, por tanto, empieza a cantar más fuerte.
Los Punsetes habían llegado tarde a Almería en cierto sentido: el año anterior habían sido baja de última hora en el festival por motivos personales. Esta vez vinieron a saldar la deuda y lo hicieron a su manera: sin discursos, sin sentimentalismo y con una vocalista que parecía estar esperando el momento adecuado para decirle al planeta que dejara de hacer el ridículo.
Y colorín colorado…
El último tema fue Una persona sospechosa. Qué manera tan estupenda de terminar una noche para mi amigo, para mí y para María, que estuvo con nosotros desde la primera canción. A decir verdad, estuvo desde la previa. Escoltándonos por si nos pasábamos con las cervezas. Cuidando de nuestras reservas de energía. Defendiendo los últimos compases de la feria con buena actitud. Ella es así.
Luego, Los Punsetes abandonaron el escenario y todos nos sentimos sospechosos de no saber qué carajo acabábamos de presenciar. Yo me sentí ridículo, lo reconozco, pero solo un poco. El concierto se acabó y nos dejó los bises en forma de fuegos artificiales que no nos quedamos a ver. Los escuchamos de regreso a casa, en el coche. Conducía María. Ella no bebió. Es responsable. Esta ciudad y esta feria ya tienen demasiado currículum en esas lindes.
Los Punsetes habían estado más de una hora diciéndonos que la vida era una mierda y me pareció un discurso bastante honesto. Yo quería descubrir grupos nuevos y me enseñaron que quizá hay momentos en los que no hace falta encontrar nada. Esos cabrones tienen razón: lo importante es disfrutar de un buen concierto. Lo demás se puede ir a la mierda.

No tocaron “Fin del mundo”. Mi canción, letra y riffs favoritos:
La gente es tan feliz en los anuncios
Sonríen como si fuera el fin del mundo
Con sus bolsas de verdura congelada
Con sus coches y con sus familias falsas
Y los niños son tan dulces y divertidos
Y los perros acompasan sus ladridos
Y a veces van a merendar al campo
Y nadie lleva whisky ni tabaco
Y nadie muere nunca
Ni se habla de los muertos
Joder, menuda falta de respeto
Y ser viejo es atractivo
Y joven divertido
Y no existe el calor ni existe el frio.