Poesía de ultratumba con modales de pelea callejera: «Rizzo» y «Thoughtwave» (Pub Dragonfly, 27 de marzo de 2026)

El viernes pasado Rizzo y Thoughtwave no abrieron un concierto: abrieron una grieta.

Hay conciertos que se recuerdan y otros que se te quedan adheridos como nicotina en las paredes del alma. Lo del viernes 27 de marzo en el Pub Dragonfly de Almería — aforo reventado, sudor compartido por 80 o 90 fieles — pertenece sin duda a la segunda categoría: una experiencia que no pide permiso, que te entra por la tráquea y se queda a vivir ahí. Parte de la redacción de Milkbar Fanzine presenció la descarga sonora de Rizzo y Thoughtwave. Nada más cruzar la puerta, nos recibieron con un gesto que ya anticipaba lo que vendría después: un fanzine con las letras de sus canciones, entregado en mano, casi como un pacto silencioso con el público. Una pequeña joya que funcionó como antesala de un concierto vibrante, feroz y sin concesiones, cuya crónica dejamos a continuación.

Una camisa bordada que parecía venir de otro tiempo: como si el cantante hubiese atravesado décadas solo para plantarse sobre el escenario, esa noche, frente a nosotros.

El cantante aparece como si lo hubieran expulsado de una película en blanco y negro de los años 50: demasiado alto para este mundo, con una camisa bordada que parece haber sobrevivido a varias guerras emocionales. Tarda tres canciones en quitársela, como si fuera parte del ritual. Debajo, una camiseta que escupe una pregunta indecorosa sobre Mick Jagger. Desde ahí queda claro: aquí no se viene a rendir pleitesía, sino a incomodar. Su voz no canta: amenaza, golpea. Densa, grave, con esa sensación constante de que en cualquier momento va a morder el micrófono o a pedirle perdón por existir. Como una especie de promesa manifesta, tras uno de los estallidos más crudos del set: baja la intensidad, casi susurra, como si acabara de cometer un crimen emocional contra el público. Spoiler: nadie quería que se arrepintiera.

El cantante y la bajista, trenzando coros como un conjuro: algo que viene de abajo — de lo más oscuro —, pero que, por momentos, roza el cielo.

La banda funciona como un organismo extraño. No hay virtuosismo académico — y menos mal —, pero sí una personalidad desbordante. La bajista merece capítulo aparte: líneas que serpentean entre lo fúnebre y lo hipnótico, y unos coros que no acompañan, sino que elevan la melodía a un plano cuasi ascético. Lo suyo no es armonía: es invocación. Abren con Vampiros de cristal y el guitarrista lanza un pedal que suena a astronauta abandonado en un vacío existencial. Oscuridad cósmica. Luego, cuerda rota. Parón. Realidad, pero vuelven con más rabia, como si la interrupción hubiera sido parte del guion. La tercera canción, La Historia Interminable, arranca con una batería que parece venir de otro plano. Luego, poesía. Poesía de la que no se estudia: de la que te mira mal desde la esquina. Y ese final… Psicodelia que te obliga a abrir los ojos, no por sorpresa, sino por supervivencia. Las letras orbitan entre la muerte, el alma, lo funesto, lo inevitable. Hay algo de Baudelaire en todo esto, pero pasado por un filtro de after a las seis de la mañana. No se parecen a nadie. Y eso, en estos tiempos, es casi violencia.

El resto de la banda, sumergida en su propio oleaje: cada uno en lo suyo, pero empujando en la misma dirección.

Cuando suena Rezzar, el público ya no está mirando: está dentro. Subidas y bajadas emocionales como una montaña rusa diseñada por alguien con problemas serios. Funciona. Impacta. Duele bien. Parece que cierran con Andar despacio, pero no. Bis. Entonces, llega el delirio: No volveré jamás a Roquetas de Mar. El público invade el escenario, se apropia de los micros como si fueran reliquias… Todos menos uno. El del cantante. Demasiado alto. Inalcanzable. Casi mitológico. Final apoteósico. Caos. Belleza sucia. Conciertazo.

El final como asalto: el público invade el escenario, vampiros sedientos de voz, de ruido, de pertenecer — aunque sea un instante — a la criatura que tienen delante.

Thoughtwave: juventud, ruido y herencia emocional

Cuando todavía estás recogiendo los pedazos de ti mismo, aparecen Thoughtwave y lo hacen con la insolencia de quien no debería sonar tan bien con tan pocos años. No parecen superar la veintena, pero suenan como si llevaran arrastrando décadas de angustia. Abren con Critical Mass y lo dejan claro: energía arrolladora envuelta en una tristeza heredada, casi genética. Hay grunge en la sangre y no lo disimulan. El vocalista evita al público como si mirarlo fuera un error, pero canta — o más bien ruge — con una rabia contenida que se filtra por cada canción. No necesita contacto visual: la conexión es más visceral que eso.

Thoughtwave irrumpe con su propio pulso: primer plano de un rugido que no pide permiso.

Siguen con Driver, futuro sencillo y, probablemente, futuro problema para quien intente ignorarlos. Es un temazo, de los que no piden permiso para quedarse. A posteriori, llegan versiones de bandas como Weezer o Nirvana y el público responde como se espera: descontrol, saltos, sudor. Catarsis colectiva. El nombre del grupo — “ola de pensamientos” — no es postureo: es literal. Son una ola y cuando rompen, lo arrasan todo. Su set es breve, pero intenso hasta lo irresponsable. No hay relleno. No hay concesiones. De repente, un giro inesperado: tema en japonés. Y funciona. No como curiosidad, sino como declaración. Se nota la fascinación por lo nipón, pero también la capacidad de integrarlo sin que suene impostado.

La guitarra, en estado de concentración «casi» académica: precisión de conservatorio puesta al servicio del temblor.

Son un eco de Seattle en los 90, sí, pero no una copia. Hay algo fresco, algo peligroso en ver a gente tan joven manejar ese legado sin miedo al ridículo. Cierran como deben cerrar las bandas que entienden el rock: dejando ganas. Sin alargar. Sin más explicaciones. Golpe y fuera. El batería — bestial, por cierto — se adelanta al micro para despedir la noche. Energía pura. Precisión. Actitud.

El batería, puro nervio y carácter: un fenómeno que no acompaña, sino que empuja y sostiene todo lo demás.

Epílogo: dos formas de incendiar una noche

Lo vivido en el Pub Dragonfly no fue un concierto largo. Fue un relámpago. Dos, en realidad. Rizzo te arrastra a un descenso oscuro, poético y perturbador. Thoughtwave te golpea con juventud, ruido y emoción sin filtrar. Distintos. Complementarios. Necesarios. Sales de allí con los oídos pitando, la cabeza dando vueltas y la sensación de que algo — no sabes exactamente qué — se ha movido por dentro. Y eso, en el fondo, es lo único que debería importar.

Esto no acaba aquí. Seguidles la pista:

hay algo de este ruido que sigue creciendo fuera de escena.

 

 

 

4 comentarios

  1. Me ha flipado cómo el artículo consigue transmitir esa mezcla tan potente entre poesía y actitud callejera. No es solo una crónica, es casi como estar allí viviendo de nuevo el ambiente, con una narrativa muy viva y auténtica. Me ha gustado mucho cómo se da visibilidad a propuestas diferentes que no siempre tienen el espacio que merecen. Da gusto leer contenido así, tan cuidado y con tanta personalidad. Me encanta cómo reflejan ese rollo cercano y tan vivo de la escena underground.
    Por otro lado, el concierto fue una auténtica pasada, con energía a tope, conexión con el público y una atmósfera muy intensa de principio a fin. No fue solo música, sino una experiencia completa, de esas que te dejan con ganas de más🔥

  2. Buen concierto, buena conexión con el público, buen ambiente, que más se puede pedir, Y mejor articulo/crónica de un concierto que aunque tubo algunos problemas técnicos al principio los Rizzo salieron airosos y nos demostraron que nos pueden brindar un buen espectáculo con canciones propias que siempre es de agradecer… broche de oro para el grupo para toughtwave que nos recordó temas de hace algún años.

  3. No sé qué fue más peligroso: si acercarse al escenario o quedarse mirando desde la sombra. En ambos casos, aún sigo bajo el hechizo (y sin mi fanzine firmado).

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